Anarquismo redivivo

La humanidad tan sólo tiene 250 años de saber que el rayo es un producto de la electricidad y que se genera en la Tierra y no en la nube. Pero no podía saberlo sin antes saber lo que es la electricidad. Sólo así pudo inventar el pararrayos. Pero aún no tenemos una idea clara de si la Constitución proviene de la soberanía o si la soberanía proviene de la Constitución. Mañana será muy grave no saberlo hoy.

Hace algún tiempo asistí a una reunión internacional de presidentes de academias nacionales. Uno de los teoremas que mayor reflexión nos inspiró fue la posible desaparición futura del Estado como forma de organización política.

El coloquio se centró a partir de la aceptación de que ninguna obra humana existirá para siempre. Por eso, tenemos que admitir que todas las históricas formas de organización política han desparecido, como sucedió con el clan, con la tribu, con el feudo y con el imperio. Parece ingenuo pensar que el Estado sería la excepción de eternidad.

Recuerdo que, en la universidad, nuestros maestros nos platicaban del anarquismo como una ideología obsoleta que postulaba la desaparición de toda autoridad. Nos parecía improbable por absurdo. En ese tiempo, México vivía en el priismo paternalista y las ideas de Pierre-Joseph Proudhon y de Mijaíl Bakunin nos parecían francamente imbéciles. No imaginábamos lo que se nos vendría para este siglo XXI.

Me olvidaba decir que, por si fuera poco, el anarquismo había abrazado las prácticas terroristas de su época. Destrucción incendiaria de oficinas públicas. Hoy, las destrucciones provienen desde el propio gobierno. Ha reiniciado el anarquismo, pero ahora disfrazado de burocratismo. Hay terroristas con “charola”.

Confieso que yo soy de los que cree que, antes de la extinción del Estado, habrá una metamorfosis o una dilución de la democracia, de la soberanía, de la federación, de la república y de la división de poderes. Tenemos a la vista ya cuatro síndromes infalibles.

El primero sería la ilegalidad, muy especialmente la que se ejerce por grupos organizados cuya estrategia es reducir la acción, la operación, la presencia, la eficiencia y el prestigio del Estado.

El segundo sería la informalidad, considerada ésta como la instalación de utensilios al margen del Estado, pero más eficientes que él. Cito, como ejemplo, las redes sociales y los medios de comunicación, hoy más extensos, más rápidos y más transparentes que la comunicación oficial.

El tercero sería la irregularidad. Pongo, como ejemplo, las organizaciones deportivas. La que más conocemos es la del futbol. Sus leyes, sus autoridades, sus jueces, sus sanciones y su funcionamiento nada tienen que ver con el Estado ni emanan de él ni éste mete un solo dedo en ellas. No les autoriza ni les prohíbe cosa alguna. Es más poderoso un árbitro que una Corte Suprema de cualquier país.

El cuarto es la impotencia gubernamental que se ha demostrado en que no puede solucionar los problemas de seguridad pública, de delincuencia organizada, de atención médica, de explotación petrolera o de educación pública, por mencionar tan sólo algunos cuantos. Es más, ni siquiera han tenido éxito ni con las inundaciones urbanas ni con los baches callejeros.

La verdadera política no es para aficionados. La humanidad tan sólo tiene 250 años de saber que el rayo es un producto de la electricidad y que se genera en la Tierra y no en la nube. Pero no podía saberlo sin antes saber lo que es la electricidad. Sólo así pudo inventar el pararrayos. Pero aún no tenemos una idea clara de si la constitución proviene de la soberanía o si la soberanía proviene de la Constitución. Mañana será muy grave no saberlo hoy.

La política, una profesión muy seria. Es exploración, es descubrimiento, es invención, es experimento y es conquista. Casi todos los problemas nacionales son insólitos y las soluciones pueden ser erráticas si no se aplican por verdaderos conocedores.

El libro de la futura Presidenta no se ha escrito. Ella tiene que ser su propia autora. En ninguna biblioteca o en ninguna librería existe el libro sobre el sexenio de Claudia Sheinbaum. Ella es la única que puede explorar, descubrir, inventar, experimentar y conquistar sus éxitos presidenciales.

Nadie debe preocuparse mucho por la extinción del Estado, porque para entonces ya habremos extinguido tantas cosas que la extinción del Estado será lo que menos nos preocupe.

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