Amor, dolor, valor, honor

Como casi todos, conocí el amor materno en la vivencia y no en la conferencia. El primero que conocí fue el de mi madre y, aunque me duró poco tiempo, todavía lo recuerdo, lo extraño y lo valoro in crescendo. Más tarde vi a mi esposa, primero, convertida en madre, con todos sus problemas y ahora convertida en abuela, llena de obligaciones, como si fuera un remake de su maternidad.

Para María Amparo.

Hoy quería escribir algo dulce y bello. Pero, para mi mal, no soy dulce ni escribo bello. Un muy reconocido pensador mexicano recién dijo que yo soy la persona más realista que conoce. Por si él tuviera razón, decidí escribir sobre la realidad de las madres que he conocido y que es como la de todas las madres.

Como casi todos, conocí el amor materno en la vivencia y no en la conferencia. El primero que conocí fue el de mi madre y, aunque me duró poco tiempo, todavía lo recuerdo, lo extraño y lo valoro in crescendo. Más tarde vi a mi esposa, primero, convertida en madre, con todos sus problemas y ahora convertida en abuela, llena de obligaciones, como si fuera un remake de su maternidad.

El tiempo pasa y veo a mi hija dedicando 14 horas a su abogacía y las otras 10 horas repartidas como madre, como esposa y como ama de casa, dejando lo que le quede para dormir un ratito. También he visto a mis amigas, quienes ya no cambian pañales ni hacen tareas ni visitan pediatras, pero que siempre las veo angustiadas por sus hijos, entristecidas por sus hijos o relegadas por sus hijos, que son buenos y de bien, pero ellos son hijos y ellas son madres.

En las mismas he visto a mis colegas y compañeras de abogacía, de política, de editorial, de periodismo o de trabajo. Hay otras no tan cercanas, pero que me han dejado huellas indelebles. En unas semanas cumpliré 50 años de ser abogado. Casi la mitad la dediqué a la Fiscalía donde fui acusador y la otra casi mitad al bufete, donde he sido defensor.

En el bufete he visto mucho sufrimiento de muchas madres. He atendido a madres con hijos en gravísimos problemas. Actualmente tengo en atención a algunas madres con hijos en disputa y a algunas madres con hijos en prisión. Es duro platicar con ellas, es duro que sus asuntos demoren, es duro que los honorarios sean elevados. Desde luego que yo quisiera que todo fuera sencillo, que fuera rápido y que fuera gratis. Pero repito que soy muy realista y les doy lo que puedo darles, que es mucha seriedad.

En la Fiscalía vi casos espantosos. Vi madres robadas arteramente por sus hijos, vi madres acusadas falsariamente por sus hijos y vi madres asesinadas salvajemente por sus hijos. Y me consta que nunca dieron motivo para sufrir.

La madre es una guardiana que todos los días ayuda y supervisa tareas escolares, previene y cura enfermedades, imagina y prepara menús, vigila dientes, analiza mentes, cuida presupuestos, alivia tristezas, enseña valores, elige ropas, aprovecha espacios, arregla desperfectos, acaricia golpes, capacita deportistas, inventa pasatiempos, organiza vacaciones, traslada niños, limpia mugre, sonsaca secretos y cuida de peligros. Para rematar el día, al atardecer tiene que estar contenta, serena y guapa porque, también, tiene que hacerla de esposa.

Todo esto, desde luego, en la muy privilegiada clase media, donde gozan de “carcachitas” y de “paseítos” vacacionales, así como en las familias integradas, donde hay hasta marido y que, además, hasta trabaja. Porque, en México, uno de cada tres hogares está a cargo de la mujer, bien sea por soltería, por divorcio, por abandono, por viudedad o por improductividad varonil.

La madre es una guerrera que enfrenta a los poderosos para buscar a sus hijos desparecidos y recibir la burla de las autoridades. Para pedir fármacos contra el cáncer de sus hijos y recibir la mentira de los gobernantes. Para exigir guarderías para sus hijos y recibir el disparate de los que mandan. Para reclamar seguridad en el país líder mundial en crimen organizado. Para denunciar agua contaminada y recoger una adivinanza misteriosa.

Por último, quiero resaltar algo real que no romántico. Que todas las aportaciones maternas, a lo largo de la historia humana, se han inspirado por el amor más desinteresado, más unilateral, más gratuito, más generoso, más constante, más leal, más noble, más puro, más inagotable y más sincero de todos cuantos haya conocido nuestra especie.

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