Abogacía, justicia, poder y política
Hoy vivimos varios desafíos en materia de justicia. El de la protección al individuo, a la sociedad, al Estado y a la nación. El de lograrlo de manera real y no solamente en el texto normativo. El de acceder a la justicia con todos y no contra todos. El de alcanzarla como resultado de una voluntad colectiva y no de un apetito individual. El de obtenerla como producto de la civilización y no de la mera fuerza.
Para los abogados, mis colegas.
En estos días de la celebración gremial anual de la abogacía, más que nunca me enorgullezco de mi profesión. Estoy cumpliendo 50 años de titulación y a la justicia he consagrado mi vida. Si existe la reencarnación, lo volveré a hacer cuantas veces tuviera la ocasión.
Hoy vivimos varios desafíos en materia de justicia. El de la protección al individuo, a la sociedad, al Estado y a la nación. El de lograrlo de manera real y no solamente en el texto normativo. El de acceder a la justicia con todos y no contra todos. El de alcanzarla como resultado de una voluntad colectiva y no de un apetito individual. El de obtenerla como producto de la civilización y no de la mera fuerza.
Bien dijo John Jacob Astor que la justicia es mejor que la victoria. Si la justicia descuida los fines por atender los medios o si claudica en los medios por obstinarse en los fines, habrá vencido en fracciones y, cuando la justicia triunfa a medias, quien ha vencido, en realidad, es la injusticia.
Están fuera de toda razón los gobernados que consideran el respeto a la ley como un espacio demasiado reducido para la satisfacción de sus demandas y están fuera de todo honor las autoridades que consideran a la ley como un espacio demasiado estrecho para la realización de su trabajo.
Hoy en día, la justicia en México se encuentra en crisis. No podría asegurar si es su peor condición en nuestra historia, pero sí es su peor condición en nuestra memoria. Nunca antes nos habíamos enfrentado a una fractura tan severa, tan descarada y tan cínica de nuestro Estado de derecho.
Estamos corriendo el riesgo del extravío en las tareas de legislación, en las de procuración, en las de impartición, en las de gestión, en las de litigio, en las de patrocinio, en las de consejo y en las de representación jurídica de la sociedad. Resolver lo anterior no es una tarea fácil. En el interior del gobierno y en el interior de la sociedad existen inefables intereses que no son ni pocos ni frágiles. Por el contrario, son muchos y son muy recios.
Por eso, tengamos el suficiente realismo para no caer en un embeleco colectivo. Si lo decimos con claridad, en verdad, ¿todos los gobernados quieren que nuestros gobiernos apliquen las leyes? ¿Todos los gobernantes quieren legalidad, honestidad y justicia? No creo que podamos estar tan seguros de ello.
El clamor por el Estado de derecho es unánime, pero no en todos es sincero. Existen muchos gobernantes y muchos gobernados que se benefician con el No-Estado-de-derecho porque trafican, porque corrompen, porque usurpan, porque defraudan y porque medran.
Parafraseando a Albert Einstein, me inquieto cuando supongo el futuro, pero me sereno cuando recuerdo la historia y me entusiasmo cuando imagino la prehistoria. Y así como creo que, en las cavernas, la primera médica fue una mujer y madre, así he supuesto el nacimiento de muchos oficios.
Los ojos de mi imaginación me han mostrado al primer abogado. Un cavernario abuelo nuestro que fue a exigir a otro que devolviera lo ajeno y que respetara a los demás. No fue a golpearlo porque no era un sicario. No fue a rogarle porque no era un limosnero. Era, ni más ni menos, “el abogado del hombre”, un ser único que fue a pelear por lo recuperar lo ajeno.
Y en esto reside la distinción que nos da honor y orgullo. El pelear por lo suyo lo hacen todas las especies, pero el abogado del hombre es el único que pelea por los derechos de los otros seres. Eso mismo estará haciendo también el último abogado cuando llegue la hora de nuestra extinción final.
Hoy refrendemos nuestro juramento profesional de que la justicia requiere acompañarse de fortaleza, de prudencia y de templanza. Y que nunca la asociemos con los falsos símiles de aquéllas: con la pura fuerza, que a veces presume de ser auténtica fortaleza; con el simple temor que en ocasiones se disfraza de genuina prudencia; y con la mera abstención que suele engalanarse como verdadera templanza.
