A 40 años del terremoto 85

La sociedad civil no surgió para disputar con el gobierno ni para colaborar con él, sino para asumir el vacío con la complacencia de todos.

Hoy, hace 40 años, la Ciudad de México despertó con la pesadilla de la destrucción de la zona céntrica que conocemos como alcaldía Cuauhtémoc. Con dolor lo conmemoro para quienes no lo vivieron o no lo recuerdan, quizá los menores de 50 años. Yo lo recuerdo como algo espantoso.

Por mi encomienda oficial de entonces, mis primeras vistas fueron desde el helicóptero en que recorrí la zona de desastre, apenas unos minutos después de los sucesos. Todavía no encuentro las palabras para describir lo que vi ni para explicar lo que sentí. Ello me ha traído a la memoria los sucesos donde tuve que estar muy cerca de las soluciones, ante una catástrofe mayor.

El gobierno del presidente Miguel de la Madrid se esforzó con muy fuerte voluntad, seriedad y responsabilidad. Pero, en realidad, para nuestro gobierno y para los mexicanos el fenómeno estaba fuera de nuestras previsiones lógicas. La CDMX nunca había sufrido catástrofes. Ni huracanes ni tornados ni desbordamientos ni tsunamis ni tempestades ni algo parecido. Algunos temblores de consecuencia mínima. La CDMX era casi el paraíso.

Pero sucedió lo que sucedió sin que fuera posible su previsión. De hecho, fue un fenómeno insólito para la sismología, para la ingeniería, para el derecho, para la economía, para la política y hasta para la neonatología. El gobierno mexicano se aplicó a todo lo posible y a mucho más que ello, ante una magnitud inmanejable. 20 mil muertos. 400 derrumbes. El gobierno perdió 90% de sus oficinas y de sus hospitales.

El terremoto del 85 tuvo efectos políticos para los mexicanos. La sociedad civil mexicana que nació ese día es muy distinta a todos los modelos teóricos que se habían imaginado Alain Touraine, Antonio Gramsci, Jürgen Habermas, Alexis de Tocqueville, Jean Cohen, Andrew Arato o Simone Chambers, entre muchos otros.

Esta sociedad civil saltó de los textos de teoría política y salió a las calles para ayudar, para atender, para consolar, para trabajar y para salvar. No surgió para disputar con el gobierno ni para colaborar con él, sino para asumir el vacío con la complacencia de todos. Cierto que la sociedad civil siempre ha existido, pero ésta no surge para hacer lo del gobierno ni para ella misma, sino para hacerlo por los demás.

Más tarde, se daría cuenta de su propio valor y los gobernantes se asustarían de su enorme poder. Algunos le tuvieron respeto, pero otros muy recientes le han tenido temor y la han atacado, humillado, injuriado, calumniado y desatendido.

Desde ese mismo mediodía, ya estaba funcionando y no necesitó ni líderes ni presupuestos ni propaganda. Ese día, los constructores prestaron sus grúas para remover losas, las automotrices prestaron sus camionetas para transportar todo, las señoras de todo nivel económico cocinaron caldos con proteínas para servirlos personalmente, los jóvenes realizaron tareas múltiples, los Topos arriesgaron sus vidas, los profesionistas aportaron sus servicios, los obreros aportaron su trabajo, las empresas y los particulares regalaron comida y auxilios. Hasta las tamaleras regalaron en muchos días.

No hubo pillaje, nadie robó, nadie despojó, nadie violó, nadie asaltó y nadie cobró. Más tarde, con los tiempos aprendimos que nosotros somos mejores que nuestros gobiernos y que no los necesitamos para todo. Pueblo mexicano, ¿cómo no te voy a querer?

Así pues, con la tragedia de esos días nos convencimos de nuestra orfandad social. Que la mexicana es una sociedad huérfana que no tiene quien la defienda, quien la procure, quien la cuide, quien la apoye y, ni siquiera, quien la consuele.

Los partidos políticos no nos han servido para nada bueno ni para nada malo. Los mexicanos no les debemos nada. Con ellos, nunca logramos tener un padre que nos cuide y, ni siquiera, un padrino que nos defienda, sino que tan sólo vamos cambiando del padrastro que nos maltrata o del padrote que nos explota.

El día de hace 40 años sufrimos como nunca, pero cambiamos como nunca.

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