El dédalo de la justicia administrativa
Sin duda México vive hoy una etapa, tal vez sin precedente, en su circunstancia política. Hay
en nuestro futuro cercano una serie de complejos desafíos que deben superarse.
No sólo los relacionados con los urgentes problemas económicos que afectan directamente el entorno familiar sino, además, las elecciones en varios estados de la República, cuyos imprevisibles resultados podrían adelantar un diagnóstico aproximado del perfil de la elección presidencial de 2018.
Pero también todavía funcionan con gran eficiencia algunas de nuestras más sólidas instituciones. Me refiero al Tribunal Federal de Justicia Administrativa, pieza fundamental del Sistema Nacional Anticorrupción, que renovará, esperamos que con efectos muy positivos, su presidencia al principio del 2017.
Los integrantes del Pleno de este tribunal elegirán a quien presidirá la institución los próximos tres años. Esa decisión no es tarea fácil, no sólo por los destacados perfiles de los integrantes de la Sala Superior, reconocidos juristas con encomiables trayectorias académicas y profesionales, sino porque el siguiente año comenzará a funcionar el Sistema Nacional Anticorrupción.
Este sistema es un nuevo organismo de coordinación entre las autoridades para prevenir, detectar y sancionar las responsabilidades administrativas y actos de corrupción, así como para fiscalizar y controlar los recursos públicos. Con ello, esperamos, finalmente, ver una luz al final de este oscuro túnel de rapacidades y de abusos.
El Sistema Nacional Anticorrupción se integra por un Comité Coordinador, el Comité de Participación Ciudadana y el Comité Rector del Sistema Nacional de Fiscalización, así como por los Sistemas Locales, que participarán por medio de sus representantes. El futuro presidente del Tribunal Federal de Justicia Administrativa con los titulares de otras instancias y un representante del Comité de Participación Ciudadana integrarán el Comité Coordinador del Sistema. Este último es el responsable del diseño, promoción y evaluación de las políticas públicas de combate a la corrupción a nivel nacional.
El Tribunal Federal de Justicia Administrativa será la institución que sancione las faltas administrativas graves, cometidas por los servidores públicos y los particulares participantes en actos de corrupción.
Es obvio que quien presida el Tribunal Federal de Justicia Administrativa deberá ser una persona que tenga un amplio reconocimiento profesional de sus pares, que conozca a fondo el Sistema Nacional Anticorrupción y, además, que se haya distinguido por promover la protección y defensa de los derechos humanos. Y también —cualidad esencial— una fina sensibilidad política que mucho ayuda en el buen desempeño de estos complejos cargos.
Creo que se debe tomar en cuenta que la persona escogida no tenga compromisos con la administración actual, porque las críticas más frecuentes y acerbas, por cierto razonables, que se han hecho públicas sobre las designaciones de los que integrarán el Sistema Nacional Anticorrupción, se refieren a la existencia de un posible conflicto de interés con el gobierno, por lo que sería preferible, para evitar problemas, considerar a las magistradas y magistrados que no fueron designados por el actual presidente Enrique Peña Nieto.
Ante este panorama, el Pleno del Tribunal Federal de Justicia Administrativa tendrá que expresarse muy inteligentemente, buscando alternativas que destaquen la trayectoria de cada magistrada y magistrado, pero, sobre todo, que refuercen e incrementen la solvencia moral del tribunal.
Se cuenta que nuestros ancestros prehispánicos tuvieron un asiento originario en algún sitio del actual estado norteamericano de California. Por razones desconocidas o por un mandato místico emigraron en búsqueda de un nuevo asiento donde lograrían esplendor y grandeza. Así se dio una hégira que habría de durar 80 años.
En su peregrinar hacia el sur aparecieron opciones y, con ello el imperativo, muchas veces doloroso, de selección. Algunos bordearon el litoral del Pacífico, se beneficiaron de los ríos que forman la vertiente occidental, encontraron la bondad climática del altiplano y llegaron al Anáhuac donde fueron señores y dieron orgullo y nombre a la nación. Otros, por el contrario, se internaron en la península de Baja California y, creyendo transitorio el desierto, fueron adentrándose cada vez más en lo que histórica, geográfica y literalmente les resultó un callejón sin salida.
Es de desear que todas las selecciones que hagan los magistrados se realicen con seriedad y con responsabilidad, desechando espejismos, resentimientos y egoísmos.
Si lo hacen con sensatez habrá señorío y orgullo. Sin ella, sólo tendrán por delante el desierto sin salida.
Twitter: @jeromeroapis
