Corrupción política, el mayor desafío de Morena
La corrupción política es el mayor factor de riesgo para la hegemonía de Morena por las divisiones e intrigas que genera la disputa por contratos y recursos públicos. Si la política desgasta, las corruptelas drenan el apoyo popular y exhiben el filón de camarillas por ...
La corrupción política es el mayor factor de riesgo para la hegemonía de Morena por las divisiones e intrigas que genera la disputa por contratos y recursos públicos. Si la política desgasta, las corruptelas drenan el apoyo popular y exhiben el filón de camarillas por controlar el poder, como se ve en el choque temprano de su cúpula en el Congreso.
Las discusiones más fuertes del país se dan dentro de Morena ante una oposición alicaída, como ocurría en la época del poder omnímodo del PRI. El cruce de acusaciones de corrupción entre sus coordinadores parlamentarios, Ricardo Monreal y Adán Augusto López, dan cuenta de que el poder absoluto no asegura materializar un proyecto político, también abre el riesgo de usarse en la promoción facciosa y defraudar a los votantes que los apoyaron. Dice Monreal, con razón, que tras la victoria de un movimiento “comienza el deterioro estructural” cuando se agita la corrupción como ariete de facciones internas; aunque lo diga como advertencia de su defensa por acusaciones sobre contratos irregulares durante su gestión en el Senado.
Pero ese leñazo sobre todo impacta de lleno en la presidencia de Sheinbaum. Las denuncias públicas de López Hernández en la clausura del periodo en el Senado enmarcaron el nuevo paisaje institucional que deja el terremoto de las polémicas reformas constitucionales aprobadas por el Congreso en sus primeros 100 días del sexenio, la mayoría heredadas del anterior. Sin embargo, paradojas de la política, limpiar el “tiradero” puede ser oportunidad de delimitar el radio de su poder y las bases políticas de su autonomía para no ser rehén de cuadrillas y conciliábulos.
Sheinbaum no ha tenido otro remedio que salir a sofocar el incendio tras la explosión del escándalo sobre el discurso de unidad y anticorrupción de la 4T. Su victoria contundente en las urnas le ofrece todo para llevar su proyecto a buen puerto, sólo falta no equivocarse; el meollo de este escándalo es que la actuación de sus líderes en las cámaras parece responder más a intereses de grupo que del colectivo; aunque voces internas lo quieran rebajar a un error al calor de una discusión de presupuestos. La historia, en efecto, enseña que la corrupción y falta de responsabilidad política siempre son motivo de enojo, y más cuando, al mismo tiempo, se carga en la testa de la gente una dolorosa austeridad; ése fue un meteorito que extinguió al viejo PRI.
La corrupción política es un fenómeno criminal que se enmarca legalmente y se proyecta en la moral pública; sus efectos devastadores permean la confianza en los poderes, el control y la supervisión de las instituciones, la asunción de responsabilidades. El escándalo deja escepticismo en la catarata de reformas que sacuden los cimientos del sistema político; además de otras por venir con la ley del Infonavit para disponer de recursos millonarios calculados en 2 billones de pesos para construir vivienda social. Sería dable creer que el pleito, con todo ese dinero en la mesa, es sólo un asunto de “cabeza fría” —como dice Morena— o valdría preguntarse qué hay detrás y de la repercusión del zipizape. El manotazo de Sheinbaum refleja preocupación.
La Presidenta llamó al orden y al silencio, para preservar la precaria unidad, aunque por la puerta falsa de resolver en privado denuncias públicas y que deben investigarse. Pero la necesidad del golpe en la mesa pone de manifiesto que carece de la estricta obediencia que sus líderes parlamentarios profesaron a López Obrador porque recibieron el cargo del acuerdo que éste hizo para resolver su sucesión y mantener unidos a los precandidatos presidenciales de Morena. Aunque ahora puede servirle para dar un golpe de mano y ocupar vacíos políticos de la herencia de nombramientos de leales a su antecesor en su gobierno, pero con el riesgo de estropear su comunicación y cortar amarres de la unidad interna sin una base política para situarse como máximo arbitro entre las camarillas.
Sheinbaum puede ser la que más gane del pleito entre ellos, aunque el conflicto pone a prueba su condición de equilibrista. El choque abrió una crisis de su gobierno y el recordatorio de que la corrupción es veneno puro para un movimiento que lo tiene todo, incluido tomar una dirección errática. Por eso, calmar los ánimos con una foto de vuelta a la concordia podría ser preludio de decisiones graves, como relevar a los líderes del Congreso por una guardia con sello propio.
