El Presidente en su “burbuja”
El plan anticrimen sorprendió a sus propios aliados en el Pacto por México. Al Congreso entró sin debate y los senadores prefirieron “patearlo” hacia adelante con unos foros exprés y seguir en la preparación de la elección.

José Buendía Hegewisch
Número cero
Los últimos anuncios de planes anticrimen y contra la corrupción del presidente Peña Nieto, con los que ha querido retomar la iniciativa política, han resultado decepcionantes ante la crisis de credibilidad de su gobierno. El decálogo sobre seguridad que propuso para sacar al país del shock de Iguala y ahora sus ocho medidas por los señalamientos de uso indebido del cargo público en beneficio personal de él y su círculo cercano han tenido el efecto contrario y dejan desazón y confusión. En cualquier caso, lucen limitados o de plano disfuncionales para enfrentar la “tormenta atípica” por la confluencia de la triple crisis de justicia, corrupción y el “bache” económico en un país al que, en efecto, parece no entender o estar muy alejado.
Hay que reconocer que, aunque tardíos, muestran voluntad de salir de la parálisis en que cayó al emerger el país real de violencia y descomposición institucional detrás de la promesa de modernización de las reformas estructurales; de no “quedar atrapado” en el caso Iguala —como pidió— y dar vuelta a la página de horror de Ayotzinapa; de aventar hasta después de la elección la investigación sobre el conflicto de interés en la adquisición de inmuebles. Pero los mensajes, ni en la forma ni en el fondo, logran persuadir ni mejorar la confianza en sus índices de popularidad. ¿Por qué el Presidente no puede comunicar, conectar con el país?
Podría responderse que por incapacidad, pero no es el único en la clase política que parece no comprender y estar fuera de la jugada de una sociedad que demanda cambios reales y no cosméticos para salir del paso.
El plan anticrimen sorprendió a sus propios aliados en el Pacto por México. Al Congreso entró sin debate y los senadores prefirieron “patearlo” hacia adelante con unos foros exprés y seguir en la preparación de la elección. No obstante, descubrieron una rebelión contra el mando único de alcaldes y legisladores del PAN y PRD, como dio cuenta Excélsior.
Respecto a las medidas anticorrupción, el formato fue similar: una decisión ejecutiva, que incluso resucita a una institución desactivada desde los albores de su administración como Función Pública, y el ofrecimiento de una investigación in house con un subordinado, Virgilio Andrade, y sin marco legal para sancionar el conflicto de interés por el que es cuestionado. También por sorpresa, sin debate, ni consensos, a la vieja usanza política, desde el pináculo del Ejecutivo.
¿Por qué no aplaudirlas? Se pregunta, sin entender, en la soledad de la cúspide desde la que antes se ejercía el poder sin discutir ni compartir, vertical, sin limitaciones en un país monolítico y con los controles de mando de una plomada. Ahí la disfuncionalidad. Evidentemente, el país es diferente al que funcionó bajo el presidencialismo autoritario antes de la alternancia de 2000, cuando el poder se fragmentó, aunque en todos los niveles se reprodujera el modelo de principio de autoridad y aunque ahora en función de más intereses.
El Presidente sospecha que la política no puede funcionar igual y por eso trató de reeditar el Pacto ante la crisis de seguridad, pero no pudo porque sus antiguos aliados del PRD y del PAN están fracturados internamente y desdibujados como oposición, pero, sobre todo, convertidos en maquinarias electorales. En junio se disputan nueve gubernaturas, 500 diputaciones federales, 641 curules locales y cerca de la mitad de las alcaldías del país.
Tampoco se alió con la sociedad para abrir la participación y traducir la indignación o el hartazgo por los crímenes y desaparecidos en propuesta de reformas. Las iniciativas anticorrupción de organizaciones civiles no tuvieron eco en el gobierno e incluso las cúpulas empresariales se quedaron esperando la respuesta del ofrecimiento de “cerrar filas” en el “peor momento por el que atraviesa el Presidente”, como ofreció Lorenzo Servitje.
La soledad del Presidente es el encierro en la “burbuja” que aísla las decisiones, pero a diferencia de antes, en un país con el poder repartido, las instituciones desarticuladas y porosas, en que las correas de mando están rotas y son terreno para el “golpeteo” político, como en los casos de Higa o la Línea 12 del Metro. En las que la filtración de información es imparable y se traslada al escrutino público a la velocidad de las redes sociales incontrolables. En una sociedad más atenta a los mensajes del poder y reactiva a simulaciones y salidas políticas propagandísticas. Que desconfía de la confusión, aunque tampoco encuentra ninguna alternativa en el horizonte.
*Analista político
Twitter: @jbuendiah