Rescatar la industria del cine
El plan de México, dicen los especialistas, privilegia la integración local y los proyectos de tamaño medio, más que las grandes producciones, y no está necesariamente mal para comenzar.

Jorge Fernández Menéndez
Razones
En 2015, era el gobierno de Miguel Ángel Mancera en la Ciudad de México, se filmó, sobre todo en el Centro Histórico, Spectre, una película de James Bond, producida por EON/Sony con una gran secuencia inicial del Día de Muertos en el Centro Histórico de la CDMX, que en los hechos catapultó incluso una “tradición” que como tal no existía, el desfile del Día de Muertos. Fue un éxito en todos los sentidos, se convirtió en un caso paradigmático de una “película escaparate” para incentivar el turismo y la imagen del país, que generó fuerte promoción internacional y derrama en servicios locales.
Desde el entonces naciente partido Morena y sus círculos cercanos se criticó duramente esa producción. Se argumentó que el villano era mexicano, que se asociaba a México con corrupción o narcotráfico, que se mostraba una policía de élite en lugar de verdaderos policías locales y que la actriz principal no era mexicana (eran nada menos que Léa Seydoux y Monica Bellucci).
Pero, sobre todo, se dijo que el Gobierno de la ciudad usaba recursos públicos para lavar su imagen en vez de destinarlos a servicios básicos, planteando la pregunta de cuántos maestros o médicos se podrían haber financiado con ese dinero. Una suma de insensateces que si se analizan al calor de lo que genera una superproducción de esas características, no tienen sentido alguno.
Pero finalmente hay una buena noticia y, como debe ser, es una buena noticia porque rompe con una de las peores herencias que dejó el gobierno de López Obrador: el antiintelectualismo, el rechazo a apoyar el arte, las ciencias, el espectáculo y la industria del entretenimiento, entendidas por el expresidente y su círculo cercano como útiles sólo si servían para publicitar el movimiento. Así se acabaron las becas, los estímulos, los proyectos de investigación, el apoyo al cine, al teatro, a los libros.
A contrapelo de toda esa historia, el domingo, la presidenta Sheinbaum anunció un nuevo esquema de incentivos fiscales y apoyos institucionales para impulsar la producción cinematográfica y audiovisual en México. Es una propuesta importante porque permitirá no sólo reactivar las producciones nacionales, sino impulsar el sector en el país, tanto de iniciativas nacionales como internacionales que se hagan en México. No se trata, como se decía hasta hace muy poco, de apoyos a élites, sino de impulsar uno de los sectores económicos, sociales y culturales, el del entretenimiento, más dinámicos del país y del mundo.
Según lo anunciado el domingo, se crea un crédito fiscal contra el ISR de hasta 30 por ciento del gasto realizado en territorio nacional para producciones audiovisuales (cine y series) que se filmen en México. El apoyo máximo, que para una producción nacional está bien, pero para una internacional es bajo, tendrá un tope de 40 millones de pesos por proyecto. Para acceder, al menos 70 por ciento de la proveeduría (servicios, personal, renta de equipos, etcétera) debe ser nacional, es decir, gastarse en México. Podrán participar personas físicas y morales mexicanas, así como productoras extranjeras que operen a través de una empresa residente en el país.
Se cubren todos los géneros y espacios: largometrajes de ficción y animación, series de ficción y animación, documentales, procesos específicos de animación, efectos visuales y posproducción, con montos mínimos diferenciados según el tipo de proyecto.
Con ello no sólo aumentará la producción de cine y series hechas en México, tanto nacionales como internacionales, también habrá mayor integración de talento y servicios mexicanos. Se evitará que las producciones internacionales sólo “vengan a grabar” y se vayan: se busca que desarrollen, aunque sea una parte, de la cadena creativa y técnica en el país. Así se puede consolidar a México como un polo internacional de producción audiovisual, tomando en cuenta las muchas ventajas comparativas que tenemos en términos de producción respecto a otras naciones en un mercado altamente competido.
Lo que se busca es reposicionar al Estado como un actor activo en la política cinematográfica global y para ello combina estímulo fiscal tipo cash rebate (vía ISR) con un aumento de gasto directo en formación, infraestructura y de apoyos existentes para atraer la inversión internacional y, al mismo tiempo, garantizar empleo y desarrollo de la comunidad cinematográfica mexicana, pero muchas otras industrias se beneficiarán si eso se hace realidad.
Es un muy buen primer paso, pero se deben dar otros, porque la competencia es enorme, incluso con países que son nuestros socios como Canadá, que tienen esquemas muy atractivos para atraer esa inversión, con topes más altos o sin ellos (Canadá no tiene topes, por ejemplo), una estabilidad legal garantizada de largo plazo y con un diseño más fácil de operar.
El plan de México, dicen los especialistas, privilegia la integración local y los proyectos de tamaño medio, más que las grandes producciones, y no está necesariamente mal para comenzar. Pero hay que seguir avanzando mucho más en el futuro inmediato.
Por ejemplo, se anunció, también, una nueva Ley Federal de Cine y Audiovisual, con enfoque en derechos culturales, que dice que dará mayor presencia del cine mexicano en salas (con metas de exhibición mínima) y establecerá reglas para plataformas digitales que deberán ser negociadas con las mismas. Hay que conocerla, pero esperemos que la creatividad de diputados y senadores avale lo avanzado y no trastoque lo que la Presidenta dio a conocer este domingo.