Claudia y el arte de la guerra

El gobierno y el régimen morenista no es monocromático, no puede serlo como tampoco puede depender de quienes ya dejaron el poder.

¿Qué tanto poder tiene hoy, a año y medio de haber asumido el gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum ante una presión, de sentido contrario, pero constante, del expresidente Andrés Manuel López Obrador y sus cercanos por una parte, y del gobierno de Donald Trump por la otra?, ¿qué margen tiene ante una economía que no crece, un gasto social que aumenta y terminará asfixiando, sin un crecimiento fuerte y constante de las inversiones, a la propia economía? Con una estrategia de seguridad que ha dado un giro de 180 grados respecto al pasado, pero que pareciera que nunca alcanza, que no termina de cubrir las expectativas tanto de la gente como de la de Estados Unidos, entre otras razones porque no se puede o no se quiere avanzar en la desarticulación de las redes políticas de protección y complicidad con el crimen organizado.

Hay quienes dicen, probablemente con razón, que la salida de Adán Augusto López de la coordinación de Morena en el Senado, es un golpe en este último sentido que fortalece a la Presidenta y le permite recuperar la interlocución con la Cámara alta, secuestrada en el primer año de gestión por dos impresentables como Adán Augusto y Gerardo Fernández Noroña.

En ese sentido es verdad. Ignacio Mier llega a esa posición con el compromiso directo, personal, con la Presidenta. Adán Augusto siempre supo que estaba allí porque lo había puesto, y era verdad, López Obrador, no consultaba con Claudia, sino con Alejandro Esquer, el exsecretario de Andrés Manuel convertido en senador e interlocutor vía Palenque. Fernández Noroña se creía con la capacidad de desafiar a la mandataria pensando que él también estaba protegido por las decisiones sucesorias de López Obrador. Andy López Beltrán llegó a ignorar a la presidenta Sheinbaum asumiendo que era portador del legado de su padre. Aquellas imágenes de todos esos personajes, y algunos otros, ignorando en el Zócalo, en un evento público, a la Presidenta para tomarse una selfie con Andy fue mucho más que un descuido, fue un gesto político evidente de la distancia y el desafío. Esa trama se ha comenzado a desarticular poco a poco y eso fortalece a la mandataria.

Pero tengo la impresión de que no es suficiente. Se acercan cada vez más fechas, momentos que son claves para tomar decisiones que tienen que ir mucho más allá. Por una parte, comenzó la renegociación del T-MEC y la Casa Blanca no se conformará con reformas económicas y comerciales, incluso dentro de éstas hay muchas que significarán dar marcha atrás a decisiones tomadas el sexenio pasado, estoy pensando en energía, agricultura, comunicaciones, ciberseguridad y muchas otras.

Habrá que asumir definiciones políticas importantes que implicarán el alineamiento global, como del resto de América Latina, con Estados Unidos. Incluso ese proceso se dará más allá de lo político, económico y comercial, en el ámbito militar con la convocatoria realizada para la próxima semana por el Estado Mayor Conjunto del Departamento de Guerra de Estados Unidos para una reunión en Washington con todos los secretarios de Defensa, para crear en los hechos un comando hemisférico donde participen todos los países del continente. No creo que se llegue al extremo de realizar operaciones militares o de seguridad unilaterales en forma abierta en México, pero sí se darán operaciones encubiertas conjuntas e intercambios que irán mucho más allá de los actuales.

La caída de Nicolás Maduro e inevitablemente del chavismo en Venezuela irá de la mano con el cambio de régimen en Cuba y Nicaragua. El gobierno ya tuvo que matizar seriamente sus posiciones en la relación con esos gobiernos y lo tendrá que hacer cada vez más.

Todo eso estará marcado por dos fechas: primero, la elección de medio término de Trump en noviembre y, simultáneamente, la elección de las candidaturas para los comicios de junio de 2027 en México. La presidenta Sheinbaum si quiere avanzar en toda esa agenda, tendrá que tener control sobre el Legislativo y el partido, incluyendo sus aliados, un control pleno que aún no tiene; tendrá que fortalecer su equipo cercano que aún se percibe débil y poco operativo, además de que en su entorno hay varios que no responden a ella, sino a Palenque.

Y previo a eso tendrá que avanzar en desmontar esas redes de protección como se le reclama dentro y fuera del país.

El gobierno y el régimen morenista no es monocromático, no puede serlo como tampoco puede depender de quienes ya dejaron el poder. Quizás en lo inmediato no se pueda romper con ellos, pero si no se toman medidas será la realidad la que las impondrá, porque las divisiones ya están ahí: lo sucedido con la consulta en Oaxaca, con la reforma electoral estancada, con la rebelión de los diputados locales de Morena en Campeche contra Layda Sansores, son señales que no se deben ignorar. Decía Sun Tzu en El Arte de la Guerra que a un ejército enemigo, cuando se lo va a derrotar, siempre se le debe dejar una pequeña salida para evitar que luche hasta el final. Es verdad, pero primero hay que asegurarse la victoria.