Ahora, a trabajar el 2018

El único que tiene definido su escenario es AMLO, beneficiado por cientos de miles de spots gratuitos y su proselitismo.

Un día después de las elecciones de 1997, Vicente Fox anunció su intención de buscar las elecciones presidenciales, con una estrategia que le permitió, en el 2000, derrotar por primera vez al PRI en siete décadas.

Mientras Fox construía su candidatura (y su triunfo), en el tricolor se inició un proceso complejo y difícil, que en realidad había iniciado mucho antes, con la 17 asamblea del partido que le había puesto “candados” a las candidaturas, mismos que obligaban para ser candidato a tener, antes, un puesto de elección popular. Era la respuesta de un sector del priismo al presidente Zedillo y parte de un pulso que llevó a ese partido a tener siete presidentes nacionales en seis años y que dejó fuera a los personajes con los que Zedillo tenía mayor afinidad, como Guillermo Ortiz y José Ángel Gurría.

Ello obligó al PRI, en lugar de buscar una candidatura única, a iniciar un proceso interno en el que Francisco Labastida tuvo que confrontarse en una lucha durísima, e inútil, con Roberto Madrazo. No le alcanzó para ganar, pero sí para debilitar la candidatura de Labastida. Cuando concluyó el proceso interno, Fox tenía en las acusaciones y golpes que había proporcionado Madrazo todos los argumentos para su campaña contra Labastida.

Seis años después, el empeño de Madrazo por ser candidato frustró otros intentos en el priismo, quizás el más importante, la opción de Enrique Jackson. Con Madrazo en la boleta y nuevamente dividido, el PRI tuvo la peor elección de su historia, relegado a un lejano tercer lugar. En esos comicios, López Obrador ya había construido su candidatura desde el GDF, deshaciéndose, con buenas y malas artes, de rivales internos como Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, mientras que Felipe Calderón desoyó la advertencia del entonces presidente Fox para que no adelantara tiempos (en realidad para que le diera tiempo a su gallo, que era Santiago Creel) y se lanzó por una candidatura que terminó colocándolo en Los Pinos. Hoy Margarita intenta algo similar.

En el 2012 los papeles se invirtieron. Mientras López Obrador, como hasta ahora, seguía adelante con una campaña que había iniciado en el año 2000, el PAN no supo definir su candidato y la elección interna lo dejó terriblemente desgastado, con pocos recursos y muy dividido. El PRI preparó desde tiempo atrás a Peña Nieto. Manlio Fabio Beltrones, el único que buscó la candidatura, muy rápido la dejó de lado para sumarse a Peña. Esa ausencia de desgaste interno explicó en buena medida el triunfo del PRI.

Pasados estos comicios, de los que no tenemos cifras certeras, confiables, al momento de escribir estas líneas, el PRI, el PAN y el PRD tendrá que definir qué quieren hacer, cómo y con quién. Como desde el 2000, el único que tiene definido su escenario es López Obrador, beneficiado en esta ocasión por cientos de miles de spots gratuitos y su proselitismo: él ha sido el candidato real en las campañas más importantes para Morena,  como Veracruz.

En el PRI, el único precandidato que verá su futuro enlazado con los comicios de ayer es Manlio. Claro que será importante para el presidente del PRI ver cuántos estados ganaron y cómo, pero también en una visión de futuro lo es saber cuál es el piso electoral desde el que puede operar el PRI.

Los tres precandidatos que son miembros del gabinete tendrán una afectación indirecta, partiendo precisamente de la lectura que se le dé a ese piso electoral. Miguel Ángel Osorio Chong, el secretario de Gobernación, es un priista con todo el peso y la actitud partidaria. Llegará con un triunfo abrumador en su tierra Hidalgo y evitará el desgaste en otros temas y territorios. Es un hombre de partido, pero se ha mantenido relativamente alejado (en términos públicos) de las disputas internas y no veo que los resultados modifiquen su camino.

José Antonio Meade, titular de Sedesol, representa la otra cara: es un funcionario talentoso y con buenos números en cuatro secretarías de Estado, en dos sexenios diferentes. Es una opción si ese piso electoral resulta muy bajo. No es militante del PRI y es la figura que más se acercaría a un candidato independiente impulsado por el priismo como para formar un frente en torno suyo.

Aurelio Nuño es el aspirante priista joven, sin una carrera partidaria fuerte, pero enarbola una carta, como la Reforma Educativa, que puede levantar una candidatura y dar un rostro nuevo. Es una suerte de posición intermedia entre Osorio y Meade, asumiendo que el primero, por lo menos hasta hoy, tiene una ventaja importante en las encuestas.

Pero más allá de eso, el PRI, pasados estos comicios, tiene que decidir qué cartas pondrá sobre la mesa y cómo jugarlas. No se puede dar el lujo de repetir la experiencia de 2000 y 2006, porque incluso parte de un piso más bajo que en esos comicios. El tricolor, más que cualquier otro partido, debe comenzar a definir con quién y cómo competirá en el 18. Eso de que no son los tiempos es apostar contra sí mismo.

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