Morir en sus brazos
Se ha revisado con intensidad la capacidad del gobierno para cambiar la discusión pública sobre temas que le son adversos a su imagen. Sin embargo, para que haya distracción debe haber quien se quiera distraer.Lo peor para una nación es tener ciudadanos que no ...
Se ha revisado con intensidad la capacidad del gobierno para cambiar la discusión pública sobre temas que le son adversos a su imagen. Sin embargo, para que haya distracción debe haber quien se quiera distraer.
Lo peor para una nación es tener ciudadanos que no quieran ver. Pero cuando la vulnerabilidad, el miedo, el dolor y la impotencia son la constante, entonces es irresponsable no voltear.
A esa realidad nos regresó la masacre de las mujeres y niños LeBarón. México vive múltiples violencias: la del narcotráfico, la cotidiana y la dirigida directamente contra las mujeres.
La explicable política de “abrazos y no balazos” se ha convertido en la omisión que más violencia ha reproducido. Era una frase “poderosa” para una campaña, pero no para tornarse en política pública de un país donde el narcotráfico controla territorios completos y donde es posible desaparecer y matar sin la preocupación de recibir castigo.
“Abrazos y no balazos” es un buen discurso, pero no suficiente como para dejarse morir en los brazos de los delincuentes. Tan “poderosa” es la frase, que hoy es el instrumento de las críticas de una parte del gobierno de Estados Unidos y de legisladores de ese país.
No estamos ante una cosa menor. Entre diciembre de 2018 y octubre de 2019, es decir, en la presente administración, se han registrado 32 mil 565 víctimas por homicidio y feminicidio.
Espero que al lector no le resulte rápida la lectura de esta cifra, porque no lo es: son personas que sufrieron, con familias que lloraron, que se quebraron y que nunca, nunca más, serán las mismas.
Si me acusa de exagerar, le pido que se imagine a las autoridades dándoles un abrazo a cada una de ellas y luego a sus familias. Y cuando pregunten por qué tuvieron que morir, les sea dicho que se lamenta mucho, pero que es el precio que se debe pagar para que las autoridades mantengan su imagen pública y no se les tilde de haber iniciado la persecución armada, que tanto criticaron en el pasado.
Por eso he señalado que la política de “abrazos y no balazos” es explicable. Porque se basa en ello. En no arriesgar la popularidad por perseguir a los que generan la violencia.
La familia LeBarón ha convocado a una marcha en los primeros días de enero y al exhorto se ha sumado el poeta Javier Sicilia, fundador del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. La participación social, que tanto han buscado desmovilizar las autoridades, va a ser inevitable.
Será reportado por la prensa nacional y extranjera, porque se habrá de visibilizar el dolor de las víctimas. Se les habrá de acusar de responder a los intereses más diversos y se jugará con las cifras, que si la marcha fue o no representativa, y hasta la tentación de infiltrarla con provocadores.
Hay un marcado gusto oficial por apelar a los principios filosóficos cristianos, y justo de ellos emana la profecía: “…Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”.
Tomo esta parte última. Que no se enfríe nuestro corazón, no dejemos de ser empáticos con el dolor de los demás, es un imperativo ético. No importa del lado que se milite políticamente, que es totalmente válido.
México ha sido polarizado. No hay blancos ni negros, ni cafés ni amarillos, porque la violencia nos iguala, nos hace potenciales víctimas, nos hermana.
Y la historia del pensamiento humano nos recuerda que una nación dividida corre a la ruina… y los partidos opuestos caen uno tras otro.
Qué pretendo con este argumento, sólo decir que el reclamo de tener un país seguro es legítimo para todos y debe ser un factor de unidad nacional. No se trata de conspirar contra autoridades, sino de que hagan su trabajo y no que cuiden su imagen a costa de la vida y el dolor de los demás.
El país no es más que de los mexicanos, de los diversos, de los diferentes y afines.
El que se haya creado una campaña digital para acusar a las víctimas de traidoras a la patria por demandar que los narcotraficantes sean catalogados como terroristas, es ruin, pero comprensible, porque no se puede esperar otra cosa de los agresores oficiales.
En el centro de esta tragedia está la contradicción. El gobierno sostiene que no cambiará su política de no combate a la violencia sistemática del narcotráfico, lo que obvia decir que la gente seguirá muriendo por la omisión.
Esto último es un olvido gravísimo para llevar a juicio al Estado mexicano ante la OEA por violar el derecho humano a la seguridad y libre desarrollo de hombres, mujeres, niñas, niños y adolescentes.
Son una serie de convenciones y tratados firmados que se violan con esa política omisa.
