En este ambiente mundialista, mientras se habla de turismo, derrama económica, ocupación hotelera, consumo y promoción global, hay una parte de la economía que no aparece con la misma fuerza en los discursos, aunque es parte importante de la vida diaria de la capital: el comercio informal.
Nuestra ciudad ya recibe visitantes, activa corredores turísticos, zonas de convivencia, transmisiones públicas y registra mayor movimiento alrededor de estadios, plazas, estaciones y avenidas. En ese flujo, el ambulantaje también cubre de opciones el paisaje mundialista: comida al paso, bebidas, camisetas, gorras, banderas, recuerdos, impermeables, cargadores, juguetes, botanas y todo aquello que responde a la lógica inmediata de la calle, donde la demanda cambia conforme se mueve la gente.
Una buena parte del dinero que deja el torneo se mueve en puestos, tianguis, banquetas, estaciones de transporte, alrededores de zonas turísticas y espacios donde la economía popular encuentra clientela. Ahí el dinero cambia rápido de manos: del visitante al vendedor, del vendedor al proveedor, del proveedor al taller, al mercado mayorista, al transporte, a la familia que depende de esa venta.
De acuerdo con la Secretaría de Desarrollo Económico de la Ciudad de México, la estrategia mundialista contempla una derrama económica estimada en más de 50 mil mdp derivada de servicios, comercio, turismo, entretenimiento y consumo asociados al evento deportivo. El dato resulta relevante si consideramos que gran parte de esa derrama irá al comercio de oportunidad, en su mayoría informal.
Cabe destacar que la economía informal representa una parte importante de la actividad económica a nivel nacional, pues sólo en 2024 contribuyó con 25.4% al PIB del país, según datos del Inegi. Es decir, uno de cada cuatro pesos de la economía nacional se relaciona con actividades realizadas en condiciones de informalidad. Incluso, ya hay estimaciones respecto a que la economía informal podría captar entre 450 y 500 millones de dólares durante la celebración mundialista en las tres sedes mexicanas: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
El punto técnico está en entender que una derrama económica no se queda en una sola ventanilla. Se distribuye por capas: primero en hospedaje, transporte, alimentos, entretenimiento y comercio establecido; después baja al consumo inmediato que ocurre alrededor de los flujos de personas. Ahí entra la economía informal, que opera como una red de microtransacciones de alta rotación: ventas pequeñas, pagos en efectivo, mercancía de temporada, abasto rápido y adaptación casi inmediata a la demanda. En otros grandes eventos deportivos, como mundiales o juegos olímpicos, esa economía paralela ha sido parte natural del movimiento urbano, porque responde a lo que el comercio formal no siempre cubre: cercanía, precio, rapidez y disponibilidad en la calle.
En ese sentido, quizás es momento de poner ese aporte sobre la mesa y abrir una discusión más honesta en torno al ambulantaje. La economía popular debe ser tomada en cuenta cuando se diseñan políticas públicas, se definen zonas de venta, se planea la movilidad y se decide quién puede beneficiarse de los grandes eventos, pues no basta con hablar de derrama económica si no se observa cómo baja, a quién llega y qué sectores quedan fuera de la planeación.
Porque la CDMX no sólo se juega su imagen ante el mundo, también la posibilidad de demostrar que puede organizar una fiesta global reconociendo a quienes todos los días sostienen parte de su economía desde la calle.
El reto no es esconder el ambulantaje, sino integrarlo con reglas justas. Si el Mundial deja ganancias, también debería dejar una lección: la ciudad funciona mejor cuando nadie queda fuera del partido.
