¿Qué más decir?

¿Qué más se puede decir
en esta columna que lo que ya se ha dicho con otras palabras, en otras líneas trazadas en otros diarios,
o en los espacios de la web, tan libérrima y desenfrenada?

¿Qué más que lo que vibrante dijeron, con su voz y con su silencio,
los cientos de miles de hombres
y mujeres que como hermanos juntaron sus brazos, sus manos,
los hombros, las osadías, las voluntades, y hora tras hora de los días y las noches, se entregaron a salvar vidas, recuperar cuerpos?

En realidad, no mucho más, ni siquiera un poco más, porque la elocuencia de la solidaridad y la fuerza de la fraternidad no fueron antes y no serán nunca superables por ningún escrito, discurso, epístola o comunicado que fuese dictado desde la tiesa formalidad, y menos aún, por los reportes noticiosos de los profesionales de la adulteración.

Quizás, lo único que tendría razón para decirse, más allá de lo ya dicho, sería un poema sobre la tristeza o sobre la pena y la desgracia, pero, principalmente, acerca de la solidaridad.

Para ello, recordar entonces a José Emilio Pacheco en Miro la Tierra  para rendir homenaje al poeta y honor a los héroes verdaderos de la solidaridad, de la entrega generosa.

Miro la Tierra

Absurda es la materia que se desploma,

la penetrada de vacío, la hueca.

No: La materia no se destruye,

la forma que le damos se pulveriza,

nuestras obras se hacen añicos.

La Tierra gira sostenida en el fuego.

Duerme en un polvorín.

Trae en su interior una hoguera, un infierno sólido

que de repente se convierte en abismo.

La piedra de lo profundo late en su sima.

Al despetrificarse rompe su pacto

con la inmovilidad y se transforma

en el ariete de su muerte.

[...]

Crece en el aire el polvo, llena los cielos.

Se hace de tierra y de perpetua caída.

Es lo único eterno.

Sólo el polvo es indestructible.

Para los que ayudaron gratitud eterna, homenaje.

Como olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,

anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—

que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto

a detener la muerte con la sangre

de sus manos y de sus lágrimas;

con la certeza de que el otro soy yo, yo soy el otro,

y tu dolor, mi próximo lejano es mi más hondo sufrimiento.

Para todos ustedes acción de gracias perenne.

Porque si el mundo no se vino abajo

en su integridad sobre México

Fue porque lo asumieron

en sus espaldas ustedes,

héroes plurales, honor del género humano

único orgullo

de cuanto sigue en pie solo por ustedes.

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