¿Vox populi, vox Dei?

¿Ha escuchado alguna vez, amigo lector, la sentencia vox populi, vox Dei? Estoy seguro de que sí, pues es frecuente que se utilice esta expresión para exaltar o glorificar actuaciones que ha tomado o que podría tomar el pueblo. Incluso, que se pueden efectuar en su nombre

En cuántas ocasiones, recuérdelo, hemos visto a jefes de Estado y líderes políticos hablar o escribir en nombre del pueblo para, con ello, trascender en el horizonte casi infinito de las redes sociales.

¡Por el amor al pueblo! ¡Por la gloria del pueblo! —repiten, reiteran, convencidos.

Pero en la deificación del pueblo se han asentado los regímenes más autoritarios y los gobiernos ultraconservadores.

Apenas en el siglo pasado, regímenes criminales como el de los nazis o los fascistas provocaron, en el nombre de sus respectivos pueblos, una de las desgracias mayores que ha vivido la humanidad. O recordemos cómo las feroces dictaduras militares en América Latina se instalaron, precisamente, en el nombre del pueblo.

Ahora mismo, Donald Trump, en el nombre del pueblo de Estados Unidos de América, adopta comportamientos racistas y xenófobos que atentan contra los derechos humanos en su país y en todo el mundo.

Y es que el populismo de Donald Trump o cualquier otro se apoya en la deificación del pueblo, entendido éste como un conjunto homogéneo de personas, depositario de valores, creencias y propósitos que son, por definición, buenos e inobjetables. El pueblo, así deificado, deviene en mito y, sobre dicho mito, se monta la idea de la voluntad del pueblo como criterio supremo de validez.

La acepción del pueblo como una unidad homogénea, consciente, razonada, razonable, es la que, a final de cuentas, da sentido al populismo. Se parte de que el pueblo es una comunidad en donde todos sus integrantes comparten principios, valores, ideas, costumbres. El populismo logra que la acepción del pueblo como un todo único e indivisible se imponga a las individualidades tan diversas que lo forman o que adquiera significado sólo a partir de que se disuelven y se integran en un todo que es el pueblo.

Pero, en la realidad, esta referencia absolutista sobre el pueblo es una falacia que sólo intentan hacerla creíble aquellos liderazgos populistas que aparecen, precisamente, en los momentos de aflicción colectiva. En esos momentos es cuando los populistas, apoyándose más en las pasiones que en las razones, construyen complejas mitologías desde las cuales se pueden resolver todos, absolutamente todos, los problemas del pueblo.

Como en otras mitologías, la de los populistas logra crear algunas identidades que bien pueden ser la esperanza de ser conducidos a paraísos prometidos (menos común, pero siempre repetida), o la inmediata materialización de derechos adquiridos por los ancestros o aquellos otros asignados por la divinidad. Pero esas mitologías podrán adquirir sentido cuando son verbalizadas por el enviado, el profeta, el líder carismático que es infalible y es también, por definición, el único intérprete de la voluntad del pueblo.

Cierto que hay mitologías en las que se ofrece, aun lo sea después de la muerte, el arribo a la tierra de la miel y el pan. Pero hay otra vía, la corta, la inmediata, y ésa es la que ofrece el populista. El populismo es la vía rápida, el tren expreso que no tiene que pasar por ningún juicio final y, menos aún, por las nimiedades profanas de la ley y la democracia.

La construcción de un Estado democrático, social y de derecho obliga a que las y los ciudadanos —cuando menos la mayoría— se involucren en los asuntos públicos. Un Estado democrático tiene la virtud de aceptar la diferencia, la confrontación de ideas y, frecuentemente, la crisis. Pero aun con ello, es lo mejor que ha construido la humanidad para lograr la convivencia justa, ordenada y civilizada. En sentido diferente, el populismo aparece como solución mágica ante situaciones de crisis que tienen causas materiales y racionales.

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