El Jano priista

Los grandes problemas del país tendrán solución cuando llegue a la Presidencia —así lo cree la parte ampliamente mayoritaria de la población— el hombre providencial; aquel que cuente con la suficiente voluntad y determinación —dicen— para terminar de un tajo con ellos. Esta creencia ha sido la base de sustentación del sistema político mexicano
 

Don Daniel Cosío Villegas lo estudió con suficiencia y evidenció sus características, especialmente aquellas que él mismo identificó con el nombre de “la monarquía sexenal”. Se trata de esta peculiar monarquía mexicana del poder autoritario, concentrado en una sola persona y que es heredado sexenalmente. El nacionalismo revolucionario (la ideología de la Revolución Mexicana) y la monarquía sexenal fueron dos columnas (las principales) en las que se sostuvo el ancien regime del priismo.

Parecería que con las reformas político-electorales de finales del siglo pasado y con la alternancia panista en el Ejecutivo se había liquidado al régimen presidencialista. Pero no fue así, pues las reformas fueron preferentemente de carácter electoral, y si bien le fueron restadas facultades al Ejecutivo, no fueron lo suficientemente profundas para llegar y destruir el núcleo del presidencialismo autoritario. En realidad, las dos alternancias significaron el cambio de hombre (y de partido) en la Presidencia, pero mantuvieron, como digo, ileso al presidencialismo.

Los presidentes panistas no se propusieron (ni por asomo) desmantelar al régimen presidencialista, y cuando los priistas regresaron a Los Pinos, algunos de los más influyentes iniciaron un proceso de restauración de la monarquía sexenal.

Estamos entonces, por causa de este régimen decadente, en una situación en extremo delicada, grave y con efectos trágicos en términos de acrecentamiento de la violencia, desigualdad, pobreza, la crisis social y política.

Sin embargo, este proceso de recuperación del presidencialismo autoritario no se limita al PRI, sino que se ha extendido, lamentablemente, hacia otros partidos y, perniciosamente, se filtra entre amplios sectores de la sociedad.

López Obrador, por ejemplo, comparte con Peña Nieto la idea de que el próximo gobierno (2018-2024) deberá estar sustentado, esencialmente, en un Ejecutivo federal concentrador del poder político. Así, ambos coinciden en la recuperación del viejo régimen presidencialista autoritario y ambos se identifican en la conservación de un poder supremo que domine por sobre el Congreso y sobre los jueces.

Parecería que las ideas del PRI y las de Morena son antagónicas, pero si se pone atención en sus propuestas, especialmente en aquellas que se refieren al sistema político, son muy coincidentes.

Una: el PRI pugna por un presidencialismo autoritario y concentrador del poder en un solo individuo y la de Morena pugna por un presidencialismo autoritario y concentrador del poder en un solo individuo. Es un sistema que puede tener dos caras, dos colores, dos tonos que representan lo mismo.

Para ejemplificar esto hay que recordar lo sucedido en una fase de la Revolución Francesa. En ésta, se trataba de terminar con el hambre y la pobreza que padecía la población; con las injusticias, desigualdad, guerras y la corrupción. Todo lo cual era consecuencia de la permanencia del régimen monárquico decadente.

Cierto que nada será tan glorioso como la Asamblea Nacional con sus debates y sus discusiones acerca de la libertad, igualdad y fraternidad; nada tan emblemático como la toma, por parte de los campesinos, del palacio de Versalles y la captura de Luis VI; nada tan simbólico como la decapitación de quien encarnaba el régimen monárquico y despótico. Pero nadie pudo reproducir mejor el autoritarismo y el despotismo del monarca que Robespierre, el místico líder de los radicales jacobinos, El Incorruptible que, cubierto con túnica de blanco tul, enfebrecido por su fanatismo, manda —en el nombre del pueblo y de su deidad suprema— asesinar a miles de franceses, entre ellos a sus propios camaradas revolucionarios. Calló el despotismo monárquico, pero con Robespierre —¡qué paradoja!— se instaló el comité de salud pública, tan cruel, injusto y despótico como lo era el monarca.

Esta cruenta guerra civil duró varios años, hasta que Napoleón Bonaparte da el golpe de Estado y se autoproclama emperador. Pocos años vivió la primera república, pues la gran Francia, la cuna de la Ilustración, el fermento de la gran revolución que transformó a la humanidad en apenas diez años, pasó de la monarquía de Luis VI al Primer Imperio de Napoleón Bonaparte. Las dos caras de un mismo autoritarismo.

Edwin Lang comentó cierta vez que “No sólo necesitamos nuevas ideas: necesitamos dejar atrás las viejas”.

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