Las niñas-madres; los niños-padres
El 30 de abril de cada año se acostumbra festejar a las niñas y los niños. Es “su día” y se les celebra; se les permite la entrada gratuita a cines, a los estadios deportivos; se les lleva a festivales; se les entregan regalos y juguetes.
Todo eso está muy bien, pero permítame, estimado lector, hacerle esta pregunta: ¿Qué regalo entregaría usted a una niña de 13 años que es madre soltera?
La pregunta es pertinente debido a que, según informes de la Secretaría de Salud, en 2015 en México se registraron 11 mil 720 nacimientos de niñas y niños, cuyas madres son niñas, pues tenían entre diez y 14 años de edad. Son las niñas-madres que, a partir de su embarazo, se ha malogrado su vida.
Como se sabe con certeza, la gran mayoría de ellas dejarán de asistir a la escuela (la primaria y la secundaria, según sea el caso), como también lo harán algunos de los niños-padres, quienes ambos intentarán —ésta es la excepción— formar una familia. Digo que es la excepción porque en la mayoría de los embarazos de niñez y adolescencia el resultado serán las madres solteras.
Al interrumpir su educación básica, tanto las niñas y niños buscarán dedicarse a un trabajo, y quienes lo alcancen, será en aquellos empleos situados al margen de la ley y, en consecuencia, por los que se devengan salarios raquíticos, miserables…
En el ciento por ciento de los casos, estas niñas-madres y los niños- padres irán a vivir a casas de familiares, lo que provocará hacinamiento y empeoramiento de las condiciones de vida de todos (de los recién llegados y, también, de los familiares).
Según datos del Inegi, las niñas, niños y adolescentes que se convierten en padres y madres, viven “36% más de hacinamiento; 7% más insuficiencia alimentaria y 22% menos acceso a servicios básicos en los hogares”. Ello provoca lo que el propio instituto identifica como “transmisión intergeneracional de la pobreza y la desigualdad”.
Esto es una desgracia nacional, pero más grave aún es que estas cifras de embarazos durante la niñez y adolescencia no han disminuido en los últimos diez años. Las cifras de 2005 son prácticamente las mismas que en 2015.
¿Qué sucede? Son múltiples y diversas las causales, pero pondré énfasis en las siguientes:
La primera se deriva de la insuficiencia e incapacidad de las campañas sobre educación sexual y salud reproductiva aplicadas por el Estado. Son insuficientes en el conjunto del territorio nacional, pero lo son, especialmente, en las zonas rurales y en aquellas más alejadas de las grandes poblaciones. En aquéllas es donde resulta mayor la incidencia de embarazos en la niñez y adolescencia.
En la difusión de estas campañas, el gobierno federal y los gobiernos estatales deberían destinar los recursos necesarios, como los concesionarios de los medios de comunicación. Pero no es así, pues unos y otros le restan importancia a este grave problema.
La segunda causal sobre la que quiero poner atención es la resistencia existente, en determinados sectores sociales, a desprenderse de los usos y costumbres. En algunas partes del país —en lugar de evitarlo— se alienta el matrimonio entre personas que aún no dejan la niñez o la adolescencia. En dichas poblaciones, las mujeres son consideradas una especie de patrimonio económico del cual —los padres— podrán sacar provecho. Esta barbaridad, literalmente, es consentida por las autoridades bajo el argumento de respetar las tradiciones. Desde luego que esto contribuye a las alarmantes cifras que reconoce el Inegi.
Y, por último, no quiero dejar de mencionar el daño que provocan las campañas de algunas iglesias en contra de la educación sexual y de la educación reproductiva. Esto tiene efecto en instituciones educativas privadas, pero —aun difícil de creer— también lo tiene entre maestros que laboran en instituciones educativas de carácter público.
Pero quizá lo más agresivo y que más alienta el embarazo entre las niñas y los adolescentes son campañas como aquella de “con mis hijos no te metas” que se alentaba desde la jerarquía vaticana. Está siendo intensamente aplicada en muchos países, especialmente entre aquellos ubicados en el subdesarrollo y los que apenas cuentan con sistemas y modelos educativos atrasados y deficientes. Su propósito —el del Vaticano— es combatir toda educación sexual y reproductiva y —en consideración a sus dogmas religiosos— impedir que el Estado cumpla con una de sus obligaciones básicas, es decir: la de impartir una educación laica y científica.
Es una desgracia que existan esas campañas promotoras de la ignorancia y los prejuicios, pero aún más lamentable es que el Estado no cumpla con su deber de combatirlas, pues en ello está comprometido el derecho al bienestar, a la educación, al acceso a la cultura, a la diversión de las niñas y los niños.
Twitter: @jesusortegam
