Las ideologías: el gran peligro para México
Giovanni Sartori escribió
que el final de las ideologías era una especie de profecía que apareció en los años sesenta, pero que había madurado y se había convertido, a finales del siglo, en una realidad. El politólogo se refería
de manera principal (aunque no única) a la desaparición de la ideología
del comunismo, que al estar basada en el dogma pudo durar muchos años, pero no podía cambiarse a sí misma
y menos transformar a la sociedad.
El comunismo se convirtió, advertía Sartori, en una gran catedral, repleta de creyentes a quienes se les había explicado todo y este todo fue entendido en su acepción de absoluto.
Pero si el comunismo realmente murió, ello no significó el fin de las ideologías —como lo preveía Sartori—. Algunas invernaron durante décadas y ahora han despertado para aparecer con gran beligerancia. Éste es el caso de los nacionalismos en sus diferentes versiones (religiosos, económicos, populistas y étnicos).
Otras ideologías subsisten, como es el caso del neoliberalismo que exacerbando sus dogmas y profundizando en sus mitos, desde sus catedrales en Wall Street y en Londres, crearon sus propias versiones igualmente tan destructivas como lo fue la del comunismo estalinista.
Ciertamente persisten ideologías y, a principios del siglo XXI, vemos los casos sombríos de Donald Trump, Marine Le Pen, Hugo Chávez, Rodrigo Duterte, Kim Jong-un y un largo etcétera. Desde luego, la existencia de visiones absolutistas y polarizantes aparecen y reaparecen en el mundo, y desde luego, también en nuestro país.
Parecería que en 2018 (éste es un primer escenario altamente posible), la lucha política-electoral se polarizará entre dos extremismos altamente ideologizados que ahora actúan en México. Por un lado, la ideología neoliberal que ha aplicado durante más de tres décadas un modelo económico que devino en un rotundo fracaso. Impotente en la economía, con signos evidentes de decadencia política y en un avanzado proceso de descomposición en la acción pública. Y por el otro, la ideología del nacionalismo populista que mantiene como estrategia política no sólo la exaltación del fanatismo religioso, sino además el rencor social como principales motivaciones para alcanzar la victoria electoral. Una y otra de estas visiones ideológicas tienen a la polarización como elemento sustantivo de su existencia. Una sin la otra pierden vigencia.
Las ideologías necesitan del extremismo para visibilizarse. Por ello, hacia allá se enrumban ruidosamente los grupos más delirantes y extremistas de la sociedad mexicana. Hacia ellas fluye el ultraconservadurismo que anida en el PAN, como el que se arraiga en el PRI; hacia allá enfila el integrismo religioso, como lo hacen los dogmáticos del neoliberalismo; hacia el extremismo, también marcha el ultrismoperredista, como el infantilismo de izquierda que se aloja tercamente en muchas organizaciones sociales; hacia allá, el anarquismo y los que aún suponen que la violencia es el único curso para los cambios verdaderos.
El gran riesgo para el país consiste en que la contienda electoral del 2018 se ideologice. Sartori precisa que en una lucha ideologizada “las ideas ya no son pensadas sino “creídas”, lo que significa que se convierten en creencias vacías, congeladas, intocables; que pasan de boca en boca sin que nadie las vuelva a pensar. En suma: las ideas convertidas en creencias son ideas fijas, objeto de fe y no de reflexión”.
Para evitar el riesgo de la contienda ideologizada hay que recurrir al reconocimiento de la gran pluralidad social y política que existe en nuestro país y, por lo tanto, hay que aportar a la construcción de una alternativa política de la mayor amplitud en el pensamiento. Aquella que evite los extremos y que pueda elaborar una propuesta para la gobernabilidad democrática e igualitaria del país alejada de los dogmas, sean estos de derecha o de izquierda.
Twitter: @jesusortegam
