Vuelve la cristiada
Con serenidad —y desde luego—, con el tiempo suficiente, se hará un análisis ponderado del esfuerzo de las diputadas y los diputados del Congreso Constituyente de la Ciudad de México.
Para ello, se reflexionará acerca
de extensos e intensos debates sucedidos en las sesiones
de la plenaria; pero será, sin duda, el análisis de las discusiones desarrolladas en las comisiones dictaminadoras en donde
se podrá aquilatar, acuciosamente,
la extraordinaria fecundidad
de la discrepancia; será desde la íntima discusión en comisiones, desde donde se puede entender lo imprescindible de la diferencia; desde donde se puede establecer la sana distancia
entre los legisladores y los reflectores
y desde donde mejor se puede resistir —en algo— la eterna asechanza
de la vanidad.
Pero intentando hacer a un lado las vanidades, así como las luchas por estériles paternidades (tremenda paradoja), el Congreso Constituyente gestó una Constitución que será, sobre todo, útil para avanzar en el bienestar y en la amplitud de libertades para quienes residen, trabajan, estudian y transitan en la Ciudad de México.
Esta Constitución no quedó atrapada en la añeja ortodoxia del constitucionalismo mexicano del siglo pasado; no quedó petrificada, a pesar del denodado esfuerzo del populismo autoritario y en la anacrónica disputa ideológica que marcó al mundo en el siglo XX. Tampoco fue secuestrada por los preceptos dogmáticos de una moral hipócrita y que, desde la fe, enarbolan por igual los poderosos hombres del dinero, los líderes políticos populistas y algunos de los prominentes jerarcas religiosos. Todos estos quisieron poner en la Constitución de la Ciudad de México la concepción de vida que en el mundo encabeza el racista, xenófobo y fundamentalista Donald Trump.
No prosperaron en sus afanes y, por ello, se atreve —el Arzobispado principalmente— en calificarla como asesina. Ésta, dice el Arzobispado de la Ciudad de México: ¡es una Constitución asesina para una ciudad asesina!
¡¿Por qué tan grave acusación en contra de la ciudad capital?!, ¡¿A qué se debe este severo señalamiento?!
El arzobispado se atreve a tal desatino, pues la Constitución de la Ciudad de México estableció como uno de los derechos fundamentales el de la autodeterminación personal. En congruencia con este derecho fundamental, nuestra Constitución introduce el concepto del derecho a una vida digna, y ello implica el que las mujeres puedan decidir sobre su propio cuerpo; el que no se penalice la interrupción del embarazo antes de 12 semanas; el que jóvenes, principalmente, puedan ejercer, con libertad y con suficiente información, su sexualidad; el que se pueda hacer posible —como un acto de la autodeterminación personal— una muerte digna; el que se pueda pensar, actuar y hablar con libertad.
Además de que se asuma como responsabilidad del gobierno de la ciudad un ingreso económico suficiente, condiciones de acceso al agua, salud, educación, pensión y otros derechos que garanticen básicos estadios de bienestar y de dignidad para todas y todos.
¡¿Ciudad asesina?!
¡¿Constitución asesina?!
La Asamblea Legislativa, el jefe de Gobierno, el Tribunal Superior de Justicia y el PRD deben defender a la Ciudad de México.
Twitter: @jesusortegam
