Los gasolinazos y el Estado de México
Los aumentos en los precios de los energéticos siempre hieren al cuerpo social. Pero ahora es mayor la profundidad de la lesión, pues el país apenas puede soportar
la crisis permanente en su economía
y cuyos efectos son múltiples, pero que, sin duda, los de la desigualdad y la pobreza son los más dolorosos.
Con los gasolinazos la irritación social crece, aumenta hasta convertirse en un descontento generalizado que puede desbordarse, sin poder ser contenido. Nadie engañará a la población y tarde que temprano ésta sabrá que los aumentos a los combustibles no son resultado de ningún proceso de liberación de precios, sino que tienen un propósito gubernamental inconfundiblemente recaudatorio. Hasta hoy —produciendo o importando— Pemex es el único proveedor de las gasolinas para consumo directo de la población, por lo tanto, un aumento en el precio final al consumidor se traducirá en recursos frescos para la paraestatal, pero, sobre todo, en nuevos recursos hacia los fondos de Hacienda.
¡Los gasolinazos son otro impuesto! Y es del tipo de los regresivos, de esos que no se atreven a decir su nombre.
En palabras llanas, el aumento al precio de los combustibles es otro impuesto al consumo; uno que tiene tremendo impacto negativo entre el sector de menores ingresos, pero que también tendrá efectos en el aumento de los índices inflacionarios y, desde luego, que además trastocará a sectores industriales y productivos. Es un impuesto regresivo con el que pretenden —ingenuos— resolver el déficit en las finanzas públicas.
Digo que son ingenuos en razón de que la crisis de nuestra economía no es resultado de una coyuntura, sea ésta de las de carácter global o sea de las de índole nacional. Cierto que nos afecta la baja en el precio internacional del crudo; cierto que nos impacta que México, ahora, produzca la mitad de barriles de petróleo que produjimos en la década de los noventa; cierto que nos golpea que el peso se debilite en relación con otras monedas, especialmente, frente al dólar. Pero aun tomando en cuenta lo anterior, nuestra eterna crisis económica tiene causas que son de carácter estructural y que derivan de la consistente disfuncionalidad del modelo neoliberal y del agotamiento del régimen político.
El país no podrá salir del subdesarrollo y de sus permanentes emergencias económicas, mientras no abandone al extremismo neoliberal y mientras no adopte un nuevo régimen político. Éste es, entonces, el tema principalísimo que debieran abordar la política, los partidos, el Congreso, las y los ciudadanos más conscientes y responsables.
Desde luego que hay que hacer una crítica consistente, fuerte, a Peña Nieto y al priismo más conservador.
Pero no se trata de ver quién es el que hace más ruido o grita más fuerte (Jericó es un mito: con gritos o sonidos de trompetas no se derrumban fortalezas). De lo que se trata es de implementar la acción política y ciudadana que saque del poder a los corruptos conservadores que han empobrecido a la población y degradado al país.
Ahora, hay una oportunidad. El Estado de México puede inaugurar el camino que conduzca al cambio del régimen político. Las elecciones en este estado pueden convertirse en el punto de quiebre para el régimen. Y para ello, se necesita constituir la gran alianza electoral ciudadana y partidaria encabezada por Alejandro Encinas como candidato a gobernador de toda la oposición.
Si la protesta social no se dirige y se conduce hacia lograr el cambio del régimen, entonces se irá, poco a poco, diluyendo, en los lamentos de plañideros, en los ayes de candidatos que le resultan complacientes al gobierno.
