¡Decir primero, aunque sea mentira!
¡Decir o no la verdad, no importa! ¡Importa decirlo primero, aunque sea mentira!
Palabras más, palabras menos, esto escuché decir al actor estadunidense Denzel Washington
con respecto al papel que ahora juega una parte importante de los medios
de información y comunicación.
El actor tiene razón en su aguda crítica a quienes son dueños, directivos, informadores de medios de comunicación tradicionales o de los nuevos que surgen de estos tiempos de las nuevas tecnologías de la información.
¡Cierto! El derecho humano a expresarnos y comunicarnos con otras personas, sea con el propósito de informar lo que consideremos importante o con el objetivo, simplemente, de que nos hagamos oír, de que se nos vea, de que se nos lea, se está transformando —desde algunos medios e instrumentos de la comunicación— en un espacio para agredir, denostar, mentir, tergiversar y hacer —además— que todo esto suceda, paradójicamente, en el nombre de la libertad.
Verónica Longo, académica del Instituto de Estudios Superiores de Monterrey, en un texto de nombre “Medios de comunicación y periodismo: sus tensiones políticas”, establece que:
“Los cambios que se vienen produciendo alrededor de los medios no son independientes de aquellos que ocurren en la sociedad: en el presente, el sector de la información se impone sobre la industria; los partidos políticos atraviesan una crisis de representación del electorado, y éste abandona cualquier forma de participación y articulación social; empresas de libre competencia se convierten en oligopolios que se amparan bajo la legislación estatal…”.
En una circunstancia de esta naturaleza, lo social, colectivo y público —y su parte más importante y sustantiva, que es la política— se encuentra arrinconada en la profunda retaguardia de los quehaceres y deberes ciudadanos. Hoy la política se sitúa claramente a la defensiva: debilitada y apabullada. Al grado de que una buena parte de los políticos está, vergonzosamente, renegando de su propia condición, de su actividad, de su quehacer y, obviamente, de sus responsabilidades. Es harto desagradable observar a ciertas personas que han dedicado su vida a la política y que han ocupado altos cargos políticos, desprenderse lastimosa y grotescamente —ante ignorantes comentaristas televisivos o radiofónicos— de los principios democráticos y de aquellos otros que durante siglos han sostenido a la razón política.
Así, reitera Longo: “Los escenarios de la vida pública y política son (re)presentados casi con exclusividad por los medios de comunicación. El ‘político’ y el ‘ciudadano común’ se encuentran mediados por el instrumento: éste acentúa lo fugaz, el clip, la imagen, el suceso extraño y espectacular, con el consiguiente desamparo de las instituciones”.
Esta representación de la vida social a través y en exclusividad de los medios, los tradicionales y los digitales, impacta en todo, pero especialmente entre las y los ciudadanos, como dice Beatriz Sarlo:
“Estos, los ciudadanos, sólo pueden vivir en un mundo de <
¿Pueden reconocer esta realidad? Cualquier persona que medianamente se interesa en los asuntos públicos de la sociedad desde su lugar de residencia, desde su país, en cualquier parte del mundo, podrá asumir que esto, precisamente, es lo ordinario, lo cotidiano, lo constante y lo podemos observar todos los días en cualquier programa de cualquier canal televisivo o cualquiera que sea la estación de radio.
La crítica es indispensable y la que se hace y lleva a cabo desde los medios de comunicación es necesaria, pero así como ningún oligopolio económico debe decidir el rumbo del país, así como ningún pensamiento puede convertirse en absoluto, así como ningún régimen de gobierno debe eliminar la pluralidad política, tampoco los medios de comunicación —ninguno—, por más poderosos que sean, pueden o deben erigirse en la conciencia nacional.
Twitter: @jesusortegam
