Economías del narcotráfico
Hay grandes problemas en el país. Muchos de ellos se encuentran en un proceso de agudización, a tal grado que amenazan nuestra condición de nación soberana. La violencia es uno de esos problemas, pero más que eso, es una terrible desgracia que a diario lacera al cuerpo social; hiere, desangra al país y a sus habitantes.
La violencia es omnipresente: se encuentra tanto en las grandes ciudades como en los pueblos; en las zonas de mayor urbanización, así como también en las regiones rurales y marginales. En realidad, nadie está libre de ella y en mayor o menor grado nos afecta a todas y todos en nuestros derechos humanos fundamentales.
La violencia tiene varias causas pero, desde luego, las principales tienen que ver con el tráfico de drogas y con el correspondiente tráfico de armas. Ambas actividades se han convertido en gigantescos negocios transnacionales, globales y, lamentablemente, en parte significativa de la economía de México.
¿Qué pasaría, por ejemplo, con la economía del estado de Guerrero si se terminara, de pronto, con la cadena productiva de la siembra, cosecha, procesamiento, tráfico y venta de amapola, mariguana y sus derivados? Estén seguros, estimados lectores, que la crisis económica que vive esta entidad se ahondaría a grados insospechados. Guerrero dependía, hace tiempo, de los ingresos derivados del turismo que convergía en Acapulco, Taxco y Zihuatanejo. Eso, lamentablemente, ya no es cierto y lo mismo sucede para otros estados del sur de la República. El narcotráfico se ha convertido en parte importante de su economía y de la generación de empleos informales y… formales.
Pero la dependencia económica al tráfico de drogas y armas no es sólo característica de los estados sureños. En realidad, buena parte de las entidades, ahora, están derivando hacia una mayor dependencia económica de tales actividades ilícitas. Veamos si no el caso de los estados situados en el noroeste y en casi toda la frontera norte.
Hace apenas algunas décadas, esta región dependía en buena parte del comercio con Estados Unidos de América, aunque no dejaban de estar presentes, de manera muy activa y relevante, otro tipo de actividades ilícitas, como el contrabando de manufacturas industriales hacia México. Pero eso cambió hace décadas y el referido negocio del contrabando de manufacturas (considerado durante mucho tiempo honorable) fue substituido —con terrible violencia de por medio— por el tráfico de estupefacientes y de armas.
Tamaulipas, por ejemplo, se distinguía por su gran producción de granos y por su industria petrolera. Ahora aparece como un lamentable ejemplo de la barbarie del crimen y la violencia que son, a su vez, resultado de una economía que en buena parte depende del narcotráfico. Pero también es el caso —con sus propias características— de Baja California, Coahuila, Chihuahua, Sinaloa, Sonora, Jalisco, etcétera.
Ésta es parte de nuestra realidad en México, pero también está presente en la realidad de Estados Unidos. Una realidad que no se quiere reconocer por ninguno de los dos gobiernos y que, sin embargo, impacta a diario la vida de millones de habitantes en ambos lados de la frontera. Donald Trump nos amenaza con revisar el TLC con México, pero olvida intencionalmente que el negocio del tráfico de armas y estupefacientes —y cuyo monto es de miles y miles de millones de dólares— supera por mucho el monto del comercio legal de productos agrícolas entre ambos países.
Las amenazas de Trump son un desatino, como desatino es que el gobierno de Enrique Peña Nieto insista en resolver este problema social, económico y global a través de mantener, en contra de su voluntad, al Ejército mexicano en las calles.
Twitter: @jesusortegam
