Poder y malas

Las ideas son poderosas. En el ámbito privado, si el director corporativo de una gran empresa toma malas decisiones, o diseña estrategias con base en creencias equivocadas o falsas, es muy probable que su empresa tendrá pérdidas. En consecuencia, entre clientes y ...

Las ideas son poderosas. En el ámbito privado, si el director corporativo de una gran empresa toma malas decisiones, o diseña estrategias con base en creencias equivocadas o falsas, es muy probable que su empresa tendrá pérdidas. En consecuencia, entre clientes y accionistas se encargarán de despedir al directivo irracional. No es un mecanismo perfecto, pero los gerentes pueden ser removidos en cualquier momento.

En el ámbito político las cosas son diferentes porque los gobernantes tienen un poder monopólico, por así decirlo, a lo largo de su mandato. En el caso de los presidentes o mandatarios, tener ideas o creencias equivocadas puede tener consecuencias económicas, políticas o sociales sumamente graves y trascendentes.

A veces estas ideas equivocadas se envuelven de una fuerte retórica ideológica, romántica, patriótica, incluso xenófoba. Las malas ideas pueden ser persuasivas por mucho tiempo, hasta que la realidad o la evidencia se imponen.

Si un gobernante implementa malas políticas públicas, y una parte importante del electorado es capaz de atribuirle responsabilidad, es posible que él o su partido sufra un castigo en las elecciones posteriores. Sin embargo, este mecanismo de control electoral muchas veces puede ser insuficiente o simplemente demasiado tardío: un mal presidente seguirá gobernando durante todo su mandato, independientemente de que sus primeros meses o años sean decepcionantes.

Los ejemplos a lo largo de nuestra historia reciente no son pocos. Algún presidente mexicano del siglo pasado creyó que podía decidir el precio del petróleo de exportación independientemente de los mercados internacionales. Otro pensó que podría contratar deuda en dólares para salvar un fin de sexenio difícil. Otro más creyó que construir un tren lento, una refinería costosa o un aeropuerto modesto ayudarían a detonar el desarrollo económico.

O al menos eso dijeron en su momento. En otros sentidos quizá fueron muy racionales, por supuesto: muchos de los amigos o parientes de los presidentes suelen enriquecerse inexplicablemente, a pesar de ser malos gobernantes o tomar medidas aparentemente irracionales.

El presidente de Estados Unidos es otro ejemplo que estamos viviendo en tiempo real. En un primer momento, hubo quienes pensaron que las amenazas de imponer aranceles a los productos provenientes de docenas de países eran sólo eso, una amenaza creíble para conseguir otros objetivos considerados más valiosos por el mandatario: por ejemplo, frenar la migración, el narcotráfico o algún otro acuerdo que le conviniera a su gobierno o a su bolsillo.

Con el paso de las semanas se ha vuelto más plausible que el presidente en realidad desea imponer aranceles a las exportaciones de los principales socios comerciales de Estados Unidos.

La medida no es razonable ni tiene sentido desde un punto de vista económico o de bienestar social para los hogares estadunidenses. Sin embargo, si el modelo mental del presidente en verdad es mercantilista, si en verdad considera que sostener un déficit comercial con otros países empobrece al suyo, imponer aranceles prohibitivos es una medida razonable.

La concentración del poder es una mala idea desde un punto de vista de diseño constitucional. Sin embargo, muchas personas creen que es buena idea concentrar el poder cuando simpatizan con la ideología, la retórica o los prejuicios del gobernante en turno. Aplaudir o simpatizar con ideas falsas o creencias equivocadas por simpatías ideológicas es un sesgo cognitivo importante en cualquier democracia representativa.

Nadie está libre de tener ideas o creencias equivocadas, por supuesto. De ahí la importancia de defender y preservar los contrapesos al poder, la deliberación democrática, la rendición de cuentas y la discusión racional de las políticas públicas. Como todo lo anterior estorba a los gobernantes autoritarios, hacen grandes esfuerzos por debilitar tanto a los contrapesos como a las comunidades científicas o académicas.

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