La prueba de los debates

Se han realizado ya dos debates para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México los debates chilangos organizados por el Instituto Electoral de la Ciudad de México, y este domingo se realizará el segundo debate para la Presidencia de la República, organizado por el ...

Se han realizado ya dos debates para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México —los debates chilangos organizados por el Instituto Electoral de la Ciudad de México—, y este domingo se realizará el segundo debate para la Presidencia de la República, organizado por el INE.

El contraste entre el formato de los debates presidencial y capitalino arrojan lecciones interesantes. En primer lugar, los debates capitalinos tienen una duración de 90 minutos, mientras que los presidenciales duran dos horas. Aunque ambos cuentan con tres candidaturas, los primeros han resultado más ágiles, mientras que los segundos pueden ser más cansados.

El formato de los primeros dos debates capitalinos ha sido similar: se discuten dos temas generales dando a cada candidatura una bolsa de tiempo para que la administren a su gusto en propuestas, ataques, réplicas o contrarréplicas.

Se trata de un formato ágil —que no busca reinventar la rueda, por así decirlo—, al tiempo que ofrece amplia libertad a cada candidatura para perseguir su estrategia, o al menos intentarlo. Al no plantear cascadas de preguntas concretas o rebuscadas, el debate fluye de manera natural con un toma y daca de réplicas y contrarréplicas entre los participantes y una moderación mínima. La discusión no es muy iluminadora ni razonable, pero sí permite conocer mucho de la personalidad de cada candidata o candidato: es una prueba difícil de resistencia y carácter. Quizás lo que se pierde en claridad o profundidad verbal, se gana en otras dimensiones no verbales.

En contraste, en los dos primeros debates presidenciales habrá preguntas específicas sobre una lista más amplia de temas. Aquí también cada candidatura cuenta con una bolsa de tiempo, pero la gestión de ésta es más complicada, porque cada candidato enfrenta la disyuntiva de intentar responder la pregunta planteada, intentar evadirla, o más bien concentrarse en sus respectivas estrategias de propuesta, ataque y/o defensa.

Hay quienes han criticado el formato, el número o el tipo de preguntas del primer debate presidencial. Sin embargo, no debe menospreciarse la importancia de que los moderadores planteen preguntas difíciles a candidatos que, en general, suelen prometer vaguedades sin mucho detalle. Tampoco puede asumirse que los rivales querrán plantear preguntas difíciles en vez de ataques sesgados o personales.  Por otro lado, también debe reconocerse la casi imposibilidad de hacer que un candidato responda puntualmente a una pregunta difícil. Intentarlo requiere una moderación más activa. Insistir en ello suela acabar en reclamos de uno u otro partido.

El contraste entre el primer y segundo debates de la Ciudad de México también arrojan lecciones importantes. El segundo debate fue más álgido que el primero, evidenciando lo reñido de la contienda. En los debates chilangos la candidata oficialista y sus dos retadores han sido capaces de verse cara a cara, llamarse unos a otros por su nombre y discutir con firmeza sus posturas. Parece un mínimo gesto de civilidad, acaso trivial, pero la candidata presidencial oficial eligió no hacerlo en el primer debate.

En muchos debates ha habido ataques personales que no deberían formar parte del repertorio aceptable de una democracia. Si alguien ha gobernado mal, se le puede cuestionar y exigir cuentas sin descalificar su dignidad personal. Si quienes debaten se acusan mutuamente de ser ignorantes, estúpidos o perversos, el resultado no es más iluminador que una discusión en redes sociales.

Hay una cultura muy limitada del debate en México. Ganar elecciones reñidas o competitivas es acaso la mejor escuela de debate. Por desgracia, en México se puede conseguir una candidatura de altísimo perfil con muy poco fogueo, ya sea tras haber gobernado algún bastión o tras ser favorecido por una bendición palaciega.

La barra está muy baja. Quizá la demagogia desde Palacio Nacional ha deteriorado la calidad de la discusión pública en general. En todo caso, se antoja difícil votar por alguien que no aguanta el calor de un debate, o que no puede abrir o cerrar un debate con claridad y entusiasmo.

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