La marcha
Las manifestaciones del domingo merecen la atención, porque muy pocas veces en el pasado se había movilizado tanta gente, en torno a una institución.
Las marchas y manifestaciones en defensa del INE, realizadas en diferentes ciudades el pasado domingo 13 de noviembre, sorprendieron a propios y extraños: es probable que hayan resultado mucho más concurridas de lo que sus propios convocantes planearon, de lo que el gobierno presuponía al descalificarlas con antelación, incluso de lo que anticipaban muchos de quienes asistieron aquella mañana dominical.
La acción colectiva exitosa es uno de los problemas más difíciles de explicar en ciencias sociales. El hecho de que una gran mayoría de los ciudadanos en México expresen que valoran la democracia o que confían en el Instituto Nacional Electoral —tal y como evidencian muchas encuestas recientes— no implica automáticamente que cada persona tenga el mismo interés o los mismos incentivos para marchar y manifestarse “en defensa del INE” un domingo cualquiera.
Por lo tanto, las manifestaciones masivas son relativamente raras en cualquier país. No todas las personas valoran con la misma intensidad a la democracia o una de sus instituciones clave como el INE, ni todas querrán esforzarse en la misma medida por defenderlas. Otras más pueden percibir estos riesgos, pero no sentirse muy identificados por quienes les convocan. De hecho, muchas otras personas pueden valorar a la democracia o sus instituciones, pero simplemente no creer que éstas se encuentren en riesgo o bajo amenaza.
Las manifestaciones del pasado 13 de noviembre merecen la atención, porque muy pocas veces en el pasado se había movilizado tanta gente, ya no en torno a una persona o agravio particular, sino en torno a una institución. Basta comparar las elecciones de 1988 con las de 2018 —sus reglas, procedimientos y resultados—, para dar cuenta de la valiosa contribución del INE a la democracia en México. Hoy sabemos que muchas personas están dispuestas a manifestarse en defensa de este bien público si lo sienten amenazado.
Una primera señal de éxito de estas marchas es que el gobierno ha sugerido esta misma semana que puede considerar un plan alternativo: una reforma electoral a nivel de leyes secundarias y ya no una reforma constitucional. Aún está por verse si esto en realidad ocurre.
De aquí en adelante, es posible que el Presidente insista en descalificar a las autoridades electorales, pero también es posible que los precandidatos oficialistas prefieran no hacerlo so pena de perder votos entre un segmento importante del electorado. Después de todo, es complicado argumentar que el árbitro electoral no es confiable cuando se representa al partido en el gobierno.
Sin embargo, las manifestaciones también pueden verse desde otro punto de vista: como actos de protesta contra el gobierno del presidente López Obrador. Quizá muchas personas salieron a las calles este domingo para manifestar su inconformidad con el Presidente, y la bandera del INE era un buen instrumento para hacerlo. ¿Cuántos de quienes simpatizan actualmente con el Presidente o su gobierno habrán marchado? ¿Qué hubiera pasado si la convocatoria original hubiera surgido de los partidos políticos de oposición? ¿Qué hubiera pasado si la convocatoria hubiera tratado sobre otro de los muchos problemas sociales del país? ¿Qué hubiera pasado si el Presidente no hubiera descalificado la convocatoria a la marcha en sus conferencias matutinas?
Es posible que el llamado a defender al INE y la oposición al gobierno se hayan reforzado mutuamente. Después de todo, es natural y legítimo que los partidos de oposición y sus simpatizantes se preocupen si perciben que el gobierno está intentando vulnerar la confiabilidad de las instituciones electorales.
Aún están por verse todas las consecuencias de la movilización del domingo pasado. Sin embargo, ésta ofrece señales importantes: una sociedad civil organizada y con suficiente capacidad de convocatoria siempre será preocupante para cualquier partido en el poder, pero valiosa para la democracia.
