¿Fin del (neo)liberalismo?

En las últimas semanas ha habido un renovado debate sobre el liberalismo y una de sus variantes, el así llamado neoliberalismo. A nivel nacional, la discusión quizá tenga mucho que ver con la más reciente alternancia en el poder. Para unos, se trata de la primera alternancia verdadera, toda vez que el PRI y el PAN resultaron gobernar muy parecido. Para otros, se trata de la tercera alternancia en el poder, aunque la primera hacia la izquierda —o algo parecido a ella—, en los últimos treinta años. Según los primeros, el nuevo gobierno representaría el fin del neoliberalismo en México. Según los segundos, entre los que me encuentro, aún es demasiado pronto para saberlo.

A nivel internacional, la discusión es más profunda y lleva algunos años ya. La crisis y recesión mundial de 2008 puso en duda la viabilidad de largo plazo del orden neoliberal, por así decirlo. Las numerosas consecuencias económicas y políticas de esa crisis apenas se están aquilatando. De un tiempo a esta parte, resultados políticos como el triunfo de Trump, el referéndum de Brexit, el avance de partidos o candidatos radicales o populistas en diversas latitudes, el debilitamiento de los partidos tradicionales, y un largo etcétera, han sido interpretados como señales de un quiebre en el orden o consenso liberal con el que habíamos iniciado el siglo. En odioso contraste, del otro lado del mundo, China ha crecido aceleradamente por décadas y está por volverse la economía más grande del planeta, de la mano de un régimen de partido único y sendas restricciones a los derechos humanos.

Comencemos por algunas definiciones. A decir de expertos en el tema como Stephen Holmes y mi colega José Antonio Aguilar, el así llamado orden liberal incluye principios como la tolerancia, la libertad de expresión y asociación, el apego al debido proceso, contar con elecciones libres y justas, tener gobiernos acotados por el Estado de derecho, la separación de poderes y la rendición de cuentas, así como un conjunto de políticas económicas basadas en el respeto a propiedad privada y la economía de mercado. En diferentes regiones, las crisis económicas y políticas han implicado privilegiar unos principios a expensas de otros: el orden político a costa de las libertades económicas o viceversa.

El problema de fondo de la crisis del orden liberal es que, justamente, tras imperar por varias décadas, segmentos importantes de la sociedad no sienten haber recibido los beneficios prometidos por la democracia representativa y la globalización económica, mientras que ciertas élites han abusado del poder para beneficiarse de sobremanera del statu quo. La amenaza en ciernes, por así decirlo, consistiría en que una revuelta del electorado puede conducir a una erosión de principios e instituciones que en realidad son valiosas: una especie de desmantelamiento de una democracia liberal por mandato electoral. La amenaza parecería poco real hasta que caemos en cuenta de que, en efecto, las democracias han demostrado ser frágiles en el pasado no muy lejano y en nuestro mismo continente.

Pasemos ahora a una discusión más tropical sobre el neoliberalismo. Por neoliberalismo me refiero a un conjunto específico de políticas económicas que entraron en boga de los años ochenta a esta parte, en parte como respuesta a las crisis de los setenta. La contraparte del neoliberalismo no es el socialismo, sino políticas públicas estatistas y ciertos tipos de regulación. El mantra neoliberal, resumido en el llamado “Consenso de Washington” de 1989, incluye políticas como: disciplina fiscal, reorientación del gasto público, reforma fiscal, liberalización financiera y comercial, privatización de empresas públicas, tipo de cambio flotante, apertura a la inversión extranjera directa, desregulación y protección a los derechos de propiedad. Si el listado anterior no le parece controversial es evidencia de cuánto ha cambiado el mundo en las últimas décadas.

Poco tiempo después, los tecnócratas de Washington cayeron en cuenta que a ese listado le hacía falta una serie importante de reformas políticas y legales, el combate a la corrupción, por un lado, así como políticas sociales para aliviar la pobreza y desigualdad, por el otro. Implementar sólo la primera lista, o tomarse en serio la lista ampliada de reformas, ha marcado una diferencia notable en la fortuna de unos países y otros. Nuestros gobiernos recientes no lo hicieron, o lo intentaron tarde y mal. ¿Qué ítems del recetario neoliberal ignorará o adoptará el nuevo gobierno?

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