Farsa y tragedia

Nicolás Maduro había sido presidente de Venezuela desde abril de 2013 hasta el sábado 3 de enero pasado, día en que fue removido por la fuerza por órdenes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Tras la controversial elección de julio 2024, Maduro comenzó su tercer mandato presidencial a pesar de que existe amplia evidencia de que fue derrotado por Edmundo González. Desde esta semana, la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido la presidencia interina de Venezuela con el visto bueno del gobierno estadunidense. 

Este grave episodio está en marcha y su conclusión es de pronóstico reservado, pero pone de relieve un sinnúmero de preguntas. ¿El que un país tenga una dictadura o un régimen autoritario justifica la intervención externa para removerlo? ¿Cuándo sí y cuándo no? ¿Cómo se puede derrocar a un dictador? Por principio de cuentas debe recalcarse que Nicolás Maduro era un dictador y su régimen resultó tan condenable —o quizá más— como antes lo fue el de Hugo Chávez. Sin embargo, la intervención ordenada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, también debe ser condenada.

Vayamos por partes. ¿Cómo deponer a un dictador? La evidencia comparada indica que hay diversas formas de remover dictadores y, por desgracia, muy pocas pueden considerarse legítimas. El caso más obvio es la muerte natural del autócrata, pero esto no siempre se traduce en una transición democrática: a veces simplemente alguien más toma el poder sin que haya un cambio de régimen, justo como ocurrió con Maduro tras la muerte de Chávez.

Es obvio que la mejor forma de remover a un dictador o un gobernante autoritario es mediante elecciones libres y auténticas, tales que produzcan una transición pacífica del poder. Sin embargo, debilitar la confiabilidad de la arena electoral, si no es que eliminar las elecciones en general, son de los primeros mecanismos de control democrático en vulnerarse en un régimen autoritario.

Otra alternativa posible son las protestas y manifestaciones civiles, sobre todo las no violentas. De acuerdo con el análisis de las politólogas Erica Chenoweth y Maria Stephan, prácticamente ningún gobierno es capaz de resistir una movilización sostenida y no violenta de al menos 3.5% de su población. La cifra puede sonar sencilla, pero en la práctica, los dilemas de la acción colectiva lo hacen una tarea sumamente difícil—sobre todo porque los gobiernos autoritarios suelen especializarse en vigilar y atemorizar a la población en general—. En Venezuela, la sociedad se ha manifestado por años, la oposición ha ganado elecciones, pero nada de esto había sido suficiente para derrotar al chavismo.

En otros casos, una crisis política o alguna fractura en las élites políticas puede detonar un proceso de transición democrática en el que se convoca a elecciones y el partido en el gobierno pierde el poder. En 2019, por ejemplo, Evo Morales fue removido por un golpe de Estado, pero su partido mantuvo el poder en las elecciones subsecuentes. Sin embargo, el partido de Evo Morales fue derrotado el año pasado y hoy ya no se le considera como un régimen autoritario, sino como una frágil democracia electoral.

Otros mecanismos de remoción pueden ser los golpes de Estado, que suelen ir acompañados de fracturas en las élites políticas, o bien mediante la intervención externa —ya sea diplomática, económica o militar—. Como es posible imaginar ni los golpes ni la intervención militar pueden considerarse mecanismos legales o legítimos. De hecho, ni siquiera garantizan una transición democrática.

Como es comprensible, muchos celebraron la caída de Nicolás Maduro. Sin embargo, otros más reprobaron la intervención militar de Estados Unidos. Ambas posturas son defendibles. Por desgracia, en los días inmediatos a la remoción de Maduro, el gobierno de Estados Unidos ha dado muy pocas o nulas señales de estar interesados en un cambio de régimen o en convocar a elecciones en el mediano plazo. En vez de ello, han manifestado un claro interés en la riqueza petrolera y en que el gobierno corrupto y autoritario de Venezuela se ponga a sus órdenes. Ojalá que el pueblo de Venezuela pueda tener paz y elecciones libres y justas tarde o temprano.