A las mujeres que estuvieron y a las que no

“Las mujeres hemos tenido que gritar, romper, golpear, quemar y exigir entre llantos que nuestra situación cambie”.

El domingo pasado hubo manifestaciones masivas en muchas ciudades del país. Antes que escribir una columna más de un señor-académico tratando de explicar un fenómeno complejo, ofrecí este pequeño espacio a CIDEfem, la colectiva feminista de estudiantes del CIDE. Trancribo aquí su potente mensaje con la esperanza de que todos y todas podamos entenderlo mejor:

“El pasado 8 de marzo fue un día histórico. Miles de mujeres nos reunimos en el Monumento a la Revolución para exigir justicia por todas las que ya no están, las que sobrevivieron y las que aún resisten. Para muchas fue su primera marcha. Todas gritábamos y exigíamos al Estado que cumpliera su labor. Todas estamos hartas de que mueran 10 mujeres diarias. Sin duda, el acontecimiento parece no tener precedentes.

Durante la marcha, hermanas y compañeras pintaron, rompieron y quemaron. No todas estuvieron de acuerdo, muchas gritaban “sin violencia”, mientras que otras nos uníamos al “fuimos todas”. Incluso, algunas agredieron a sus congéneres, sus compañeras de lucha, por defender estatuas o edificios. Las diferencias de clase y raza distinguían a las portavoces de ambas posturas. Sin ánimos de dar cátedra —pues este movimiento lo construimos todas—, sino de sembrar sororidad, escribimos esta carta.

Hablar y ejercer violencia es un tema delicado. ¿Por qué ejercer violencia si es éste el motivo de nuestra manifestación? Este es el origen de las frases “sin violencia” y “ellas no me representan”. Sí, es violento destruir, pero cuando el Estado ejerce violencia sobre nosotras al ignorarnos y no protegernos, quemar una pared es dejar un testimonio. Romper y quemar es un grito ahogado para que alguien haga algo. Cuando rechazamos esta “violencia”, abogamos por la vía institucional. Por más loable que sea el abogar por la paz, esta no incluye a todas. Esto separa a las mujeres ricas y privilegiadas de las mujeres pobres y vulneradas. Sólo cuando gozamos de ciertos privilegios, el orden establecido funciona –y esto, ocasionalmente porque el sistema sigue siendo patriarcal–.

Las mujeres más pobres, las de la periferia, las indígenas y todas las que no se nombran, no son consideradas por la vía institucional. De hecho, ellas son el margen que nos recuerda que las instituciones nos han fallado. Los casos de feminicidios indígenas son los menos sonados, la policía de la periferia es la más negligente y, en ocasiones, inexistente. Cuando el orden político no te considera ni le importas, lo único que queda es irrumpir, visibilizar y cambiar el orden establecido. 

Destruir y tirar afecta a quienes poseen una parte de la repartición del poder. Es entendible que ciertos feminismos se sientan atacados, pues parte de sus conquistas dependen de ese orden establecido. Hay que recordar que dichas conquistas, las más esenciales, no se obtuvieron por la vía institucional. Las mujeres hemos tenido que gritar, romper, golpear, quemar y exigir entre llantos que nuestra situación cambie. Esto no deslegitima un movimiento. Nuestros actos nos dan visibilidad y, tal vez, eso es lo que les enoja, porque así estamos rompiendo el statu quo.

A nosotras, las feministas mexicanas, nos une un reclamo por seguridad y justicia. El concepto de feminicidio responsabiliza completamente al Estado por la perpetuación de esta violencia. Y no es un problema reciente, esto siempre ha sido. Nuestra lucha es completa. Nuestro discurso busca cambiar estructuras desde lo más elemental como el significado simbólico de sus estatuas y edificios, porque a nosotras ya nos dañaron, tenemos marcas en nuestra piel, en nuestra memoria, en nuestros sueños.

Hermana, antes de negar a tu compañera feminista, solidarízate con su causa. En el contingente somos una misma cuerpa, suficiente tenemos con las amenazas de ácido y los infiltrados que nos golpean con bates de beisbol y nos arrojan bombas molotov. Repensemos nuestros privilegios, ya sean de clase o raza, y hagamos algo con ellos. Puede que nosotras no hayamos vivido lo que muchas, pero la lucha de aquellas a las que el sistema no considera es la de todas. Como dice Yesenia Zamudio: La que quiera romper que rompa, y la que quiera quemar que queme, y la que no, que no nos estorbe”.

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