El funeral que abrió una grieta

Jaime Rivera Velázquez

Jaime Rivera Velázquez

Matices políticos

En 1989 los regímenes del bloque comunista se derrumbaron, uno a uno, como fichas de dominó. Todo el mundo recuerda la caída del muro de Berlín, el episodio más gráfico y simbólico que puso fin al peligroso equilibrio de fuerzas internacionales surgido de la segunda posguerra. Pero no todos conocen dónde y cómo se inició aquella grieta que terminó por demoler al imperio soviético. 

Hay momentos en la historia en que hechos aparentemente menores abren grietas de cambio en un orden que parecía inconmovible. Ese hecho menor fue un funeral, sí, un funeral rendido al líder húngaro Imre Nagy, 31 años después de su muerte. La historia que antecede a ese funeral, en breve, es la siguiente. En octubre de 1956 estalló una rebelión popular en Hungría contra la dictadura comunista y la dominación rusa, que fue sofocada a sangre y fuego por tropas soviéticas. Aquella insurrección húngara fue alentada indirectamente por las denuncias de Nikita Jrushchov de los crímenes de Stalin y por las protestas obreras que surgieron en Polonia también contra la dictadura de corte soviético. La inconformidad social y la agitación política en Hungría dieron lugar a la caída del jefe comunista Matyas Rakosi, un títere de los soviéticos particularmente odioso, pero fue sustituido por otro comunista ortodoxo. Tratando de calmar las aguas, el partido comunista nombró jefe del gobierno a Imre Nagy, quien había sido un primer ministro reformista en 1953 y fue destituido por Rakosi en 1955. A su regreso, Nagy ofreció reformas económicas y democráticas moderadas, pero gran parte del pueblo húngaro exigía cambios más profundos. Las demandas principales eran libertades políticas, elecciones pluripartidistas y retiro de las tropas soviéticas. El 23 de octubre de 1956 la policía reprimió una manifestación pacífica de estudiantes y obreros en Budapest, y ello provocó de inmediato una verdadera insurrección por casi todo el país. Cabe destacar que gran parte de esa rebelión fue impulsada y organizada por consejos obreros de las zonas industriales. 

La policía política y las fuerzas de seguridad combatieron duramente a los insurrectos, pero una parte del ejército confraternizó con éstos. Las fuerzas rusas estacionadas en Hungría recibieron la orden de intervenir con tanques. Nagy pedía calma y acuerdos políticos, pero terminó por sumarse a los reclamos populares y a exigir la retirada de las tropas soviéticas. El gobierno soviético ordenó entonces una invasión militar general que aplastó sin piedad la insurrección. Hubo más de 2 mil 600 húngaros muertos (sin contar a los ejecutados más tarde) y unos 20 mil heridos; también fueron muertos unos 700 soldados soviéticos. Nagy fue arrestado, juzgado por traición y ejecutado el 16 de junio de 1958. Su cadáver fue sepultado en secreto en una tumba anónima. 

En 1980, las huelgas en los puertos polacos y el surgimiento del sindicato Solidaridad pusieron en evidencia que el sistema comunista estaba en crisis y con claros signos de agotamiento. Mijaíl Gorbachov intentó reformar al régimen soviético para salvarlo, pero se quedó a medias. Los vientos de reforma y renovación soplaron por toda la Europa oriental. Al cumplirse 30 años de la ejecución de Nagy, se formó un Comité de Justicia Histórica que se propuso localizar la tumba de Imre Nagy y rehabilitar su memoria como un héroe patriótico. Después de varios meses de investigación y búsqueda, al fin hallaron sus restos y de cuatro de sus compañeros sepultados con él, y prepararon un funeral para rendirles homenaje. Los jefes del partido se resistían a la rehabilitación histórica de Nagy, pero un nuevo primer ministro reformista, Miklós Németh, defendió el derecho de familiares y ciudadanos y autorizó el funeral tardío. Éste se llevó a cabo el 16 de junio de 1989 −exactamente 31 años después de su ejecución− y, para sorpresa de todos, el cortejo fúnebre reunió a más de 200 mil personas. Esa marcha por Budapest se convirtió en un reclamo de reforma y liberación. Los jefes del partido comunista, presos de la confusión y el miedo, se rindieron y cedieron el paso al gobierno reformista. El 23 de octubre de 1989 se proclamó la nueva República, que pronto convocaría a elecciones libres y pluripartidistas. 

El funeral de Nagy significó mucho más que un homenaje póstumo. Fue una explosión de esperanza que contagió a toda la Europa comunista. Enseguida, decenas de miles de alemanes del Este se dirigieron a los linderos entre Austria y Hungría para huir a la Alemania occidental. Tras titubeos, el gobierno húngaro abrió la frontera. En Polonia, en el mismo mes de junio, Solidaridad ganó las primeras elecciones democráticas en más de 30 años. El 9 de noviembre, los berlineses derribaron el infame muro. Una semana después empezó la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia. En diciembre, una revolución popular acabó violentamente con la tiranía de Ceausescu. La liberación que Imre Nagy intentó en 1956 para su patria, tres décadas después su memoria contribuyó a desencadenar en todo el bloque comunista.