Un Congreso que todo lo puede
Hubo alrededor de la ratificación del Convenio 98 varias pautas que prefiguran el clima legislativo en la próxima administración

Ivonne Melgar
Retrovisor
El Presidente electo tiene una convicción que ha compartido con sus futuros colaboradores: Todos los cambios previstos son posibles y todo lo existente es reversible.
Bajo esa doble premisa, Andrés Manuel López Obrador ha comenzado a gobernar desde el Congreso, y mal haríamos en pretender disociar lo que ahí ocurre de lo que viene con el próximo gobierno.
Es en las cámaras donde, a nivel de pronunciamientos y presentación de iniciativas, se ha confirmado que la Reforma Educativa habrá de derogarse.
Pero más allá de las palabras, diputados y senadores ya hicieron los primeros ajustes legales de consecuencias inmediatas y muy relevantes: La aprobación de la Ley de Remuneraciones y la ratificación del Convenio 98 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Así que mientras en San Lázaro se avaló, el día 13, el instrumento legal para que el próximo gobierno reduzca plazas y salarios de la burocracia, este jueves se concretó en la Cámara alta el compromiso de México a garantizar la libertad sindical en empresas públicas y privadas.
En ambos casos, las aprobaciones se hicieron de prisa, sin esperar a que se pongan en marcha las comisiones legislativas donde se dictaminan y legitiman las propuestas, después de su análisis y discusión.
De eso se encargaron los coordinadores de las bancadas morenistas, el diputado Mario Delgado y el senador Ricardo Monreal, así como Porfirio Muñoz Ledo y Martí Batres, presidentes de las mesas directivas de Cámara y Senado.
Existe otro rasgo del estilo personal de López Obrador que esta semana se extendió al Senado: El uso de símbolos y mensajes cifrados, sea en los lugares que visita o a través de los personajes que exalta, sataniza o legitima como artífices de su proyecto.
Así que al desempolvarse la postergada ratificación del Convenio 98 de la OIT, el Congreso de la llamada Cuarta Transformación le otorgó al senador Napoleón Gómez Urrutia la oportunidad de presentar en tribuna la propuesta y, una vez aprobada, colgarse la medalla.
Si como candidato presidencial, López Obrador le dio al entonces exiliado sindicalista la oportunidad del desagravio moral, al incluirlo en la lista de plurinominales de Morena, esta semana le dejó la tribuna legislativa para escenificar una revancha, la del líder minero que, enfrentado al empresariado del ramo y al gobierno de Felipe Calderón, ahora decreta el fin de los contratos protegidos.
Convertido en el héroe del pleno del Senado, Gómez Urrutia tomó la voz cantante del partido del Presidente electo para señalar que ese 20 de septiembre era un día histórico para la clase trabajadora, al abrírsele paso al derecho a organizarse en el sindicato que más le convenga.
Pero hubo más. Morena dejó que fuera el líder minero quien justificara el por qué no habían atendido las quejas del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), que solicitaba fueran atendidas sus consideraciones sobre los posibles riesgos que el convenio 98 entraña.
“Ha sido discutido y rediscutido”, justificó Gómez Urrutia.
Y no le faltaba razón: El asunto se diseccionó hace tres años, cuando el presidente Enrique Peña buscó la ratificación del Convenio 98 de la OIT.
Y como había sucedido desde hace más de seis décadas en que se venía posponiendo la ratificación, los intentos del actual gobierno se congelaron entre los intereses empresariales y los temores de algunos sindicatos que vieron peligrar sus clientelas.
Para que no quedara duda del significado de esta primera batalla protagonizada por Gómez Urrutia, ayer la futura secretaria del Trabajo, Luisa Alcalde, al felicitar al Senado por esa aprobación, escribió en Twitter: “Tiempos de cambio, el gobierno entrante será impulsor de la libertad, democracia y transparencia para el trabajo”.
Hubo alrededor de la apresurada ratificación del Convenio 98 varias pautas que prefiguran el clima legislativo en la próxima administración:
Destacan los ajustes en las reglas del debate parlamentario sin el consenso de los senadores del PRI y del PAN, cuyos coordinadores, Miguel Osorio y Damián Zepeda, respectivamente, fueron olímpicamente desoídos por Batres y Monreal.
Llamó la atención el nulo peso que la mayoría morenista le asignó a los pronunciamientos formulados por los senadores Miguel Mancera (PRD), Patricia Mercado (Movimiento Ciudadano) Carlos Aceves del Olmo, priista y dirigente de la CTM, en favor de posponer el debate para escuchar los señalamientos empresariales.
El contraste entre los obstáculos que el presidente Peña no pudo sortear, y la manera automática con la que este jueves se ratificó ese convenio, permite dimensionar de qué tamaño es la manga ancha legislativa del próximo gobierno.
El razonamiento de los representantes de Morena resulta sencillo: Somos mayoría y, pase lo que pase en los tradicionales procesos parlamentarios, vamos a ganar las votaciones.
Y, sí, con esa hegemonía conformada por los legisladores de Morena y sus aliados —PES y PT— en el Congreso, la doble premisa lopezobradorista ha comenzado a concretarse: Todos los cambios son posibles y todo lo existente es reversible.