Reforma electoral: ¿fracaso o inauguración de la política?

Morena puede recurrir a la pepena de votos de legisladores del Verde y del PT.

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

Mientras no se anuncie la reforma electoral en la conferencia de Palacio, las posibilidades de un acuerdo entre el gobierno y las cúpulas del PVEM y del Partido del Trabajo seguirán latentes.

La presentación será este martes, durante la mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien, de así quererlo, podría en las horas previas meterles presión a las dirigencias de sus aliados.

¿Es necesario que la mandataria imponga a los aliados de Morena una reforma que reduciría su representación en el Congreso y el financiamiento a sus partidos? ¿Puede hacerlo? ¿O es mejor que pacte una propuesta viable, aunque modifique sus propósitos originales?

Circulan versiones de que el dirigente del PT, Alberto Anaya, habría comunicado la intención de cerrar filas con la Presidenta, independientemente del contenido de la reforma.

Pero los votos petistas son insuficientes para concretar la reforma constitucional que requiere de una mayoría calificada, es decir, del apoyo de las dos terceras partes de los integrantes en ambas Cámaras.

Frente a un escenario de utilería, en el que Morena y PT respaldan la iniciativa versus un PVEM rebelde que vota como la oposición, existe otro camino:

Construir un acuerdo satisfactorio para el gobierno y los tres partidos de esa coalición. Sería una gran noticia: la inauguración de la política en la 4T de Sheinbaum.

Sabemos, por sus antecedentes, que en las mesas de la Secretaría de Gobernación (Segob) hubo experimentados negociadores: Arturo Escobar y Manuel Velasco del PVEM; Ernesto Villarreal y Benjamín Robles del PT.

Y sabemos que no hubo capacidad para armar un consenso por parte de los encargados de hacerlo: Pablo Gómez, al frente de la Comisión Presidencial, y Rosa Icela Rodríguez, titular de la Segob.

En esa comisión, la Presidenta incluyó a Jesús Ramírez Cuevas, José Peña Merino, Lázaro Cárdenas Batel y Arturo Zaldívar, quienes tampoco emergieron como nuevos valores del oficio político. O quizá la instrucción fue obtener el sí de los aliados sin moverle una coma a la iniciativa.

El saldo es grave porque fueron seis meses de consultas infructuosas y frustradas reuniones entre la secretaria Rodríguez, Pablo Gómez, la dirigente de Morena, Luisa María Alcalde, y los liderazgos del PVEM y PT

Si bien todavía es tiempo de que desde el máximo poder presidencial se intenten limar las asperezas que esas mesas dejaron, lo sucedido ahí es prueba del fracaso de la política, a la que los morenistas confunden con actitudes de soberbia, imposición, control y mayoriteo.

Entender la lección del fracaso en la Segob no puede limitarse al simplismo de descalificar a los aliados de la 4T como “rémoras chantajistas que abrazan sus privilegios”.

Conocemos esa justificación oficialista de que la democracia mexicana es una de las más caras del mundo. E independientemente de que eso sea real, los asistentes a las mesas han relatado que las sumas y restas para quitarle financiamiento a los partidos, al INE y a organismos electorales locales no se justificaron.

La crítica de quienes conocen cómo se ondeó la bandera de la austeridad en Bucareli es que más que ofrecer argumentos técnicos se intentó el sometimiento del PVEM y del PT.

De las fallidas negociaciones se desprende la moraleja de este jaloneo: no es un asunto aislado ni coyuntural, sino de la evidencia de que los aliados dejaron de ser unos satélites para convertirse en espacios de representación política mexicana. Aquella “chiquillada” hoy es factor de poder.

Ese es el trasfondo que explica por qué el PVEM defiende las aspiraciones de la senadora Ruth González a suceder a su esposo Ricardo Gallardo, en la gubernatura de San Luis Potosí.

Se trata de un giro que el partido gobernante deberá ir asimilando: bajo la sombrilla de la autoproclamada transformación, los actores del PVEM y PT fueron acumulando fuerza y electorado, y el discurso de echarle la culpa al pasado neoliberal o venerar a Andrés Manuel López Obrador y a la Presidenta no pueden ser el único engrudo que los una.

Basta asomarse a la Cámara de Diputados para comprobar que el PT es el mayor crítico del gobernador de Oaxaca, Salomón Jara, y de los incumplimientos de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes.

Es cierto que, para sacar adelante la reforma, Morena puede recurrir a la pepena de votos de legisladores petistas y verdes con aspiraciones electorales en sus estados.

Ese chantaje aplicado con supuestos expedientes y promesas de futuro a diputados y senadores del PAN y del PRI sería, en el caso del PVEM y del PT, un agravio de consecuencias inciertas para la coalición oficialista.

Y es que el diálogo político que López Obrador se negó a sostener con la oposición, ahora se vuelve indispensable frente a la pluralidad y el disenso que, como los ríos, vuelve a encontrar un cauce, así sea entre los aliados del partido en el poder.

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