El tratado trilateral

La interdependencia natural no requiere de los tratados para ser efectiva. Persistirán los canales para que las materias primas sigan fluyendo hacia los centros manufactureros. Las políticas arancelarias las facilitarán o bloquearán.

Ante la revisión de nuestro Tratado Trilateral programada para mediados del presente año hay ciertas consideraciones que vienen a cuento. Es evidente la importancia que el T-MEC ha llegado a tener para cada uno de sus tres miembros. Tanto para Estados Unidos como para nosotros, mucho de su futuro dependerá de su vigencia o revocación. Tras de 30 de validez, una clara integración socioeconómica se ha desarrollado entre los dos países. Aun desaparecido el acuerdo, son irreversibles sus efectos en las estructuras económicas como en las  tramas sociológicas.

Esa interdependencia se expresa en los crecientes intercambios comerciales de los últimos años. Las adaptaciones a las estructuras de producción las deciden los líderes industriales conforme el libre fluir de las fuerzas naturales de oferta y demanda descritas en los textos de economía clásica. La interdependencia natural no requiere de los tratados para ser efectiva. Persistirán los canales para que las materias primas sigan fluyendo hacia los centros manufactureros. Las políticas arancelarias las facilitarán o bloquearán.

Los aspectos sociales de las interdependencias son mucho más complejos. La demografía los acentúa. Las causas profundas se reflejan en la movilización de cientos de miles de individuos que han encontrado en Estados Unidos su nueva casa. La evolución social que se ha producido en Estados Unidos empezó desde los años 50 del siglo pasado y su inercia se reforzó con el aporte de los latinos. Los cambios sociales se alimentan sin depender en lo más mínimo de un T- MEC.

Lo que el gran acuerdo trilateral significa para México es diferente y menos profundo que lo sucedido en Estados Unidos o Canadá. Para nosotros, el acuerdo ha sido fuente de mayores ingresos para nuestra población insuficientemente atendida por nuestros gobiernos semisocialistas implantados en los últimos años. Para esta población, el acuerdo ha aportado claros beneficios tanto por la creación de empleos, aunque siempre insuficientes, como por el aumento de ingresos de los emigrados. A diferencia de lo que ha sucedido en Estados Unidos, las modificaciones en modos de vida han sido leves, limitándose a modas pasajeras de vestir o cambios de prioridades de consumo.

Hasta aquí hemos descrito las razones por las que todo indica que el acierto trilateral subsistirá bajo su propio impulso inercial. Las razones por las que la próxima tanda de negociaciones no llegarán a confirmar su prolongación tienen que ver con la reticencia mexicana a aceptar las exigencias del presidente Trump en cuanto a la fusión de fuerzas militares en un solo comando anti-mafias y antiterrorismo. La coordinación entre los militares se dará sin formar parte del encierro político económico. Son distintos los arreglos a los que pueden llegarse en cuanto al combate del terrorismo, del crimen y del narcotráfico.

Un segundo elemento que no debe ser aceptado por nuestra parte es la restricción que Estados Unidos insiste en hacer valer respecto a que México ha de limitar su libertad de entrar en arreglos comerciales con China o Rusia. Hasta la fecha, el gobierno mexicano ha cultivado relaciones comerciales y acuerdos técnicos con China, como es el caso de compras de material ferrocarrilero a este país asiático en el marco de la modernización de transportes. Se han comprado también equipos industriales a dicha nación. Pero cualquiera intención de seguir de frente con una integración industrial mayor con el montaje en nuestro suelo de industria pesada china, no sería compatible con la visión de EU.

Es en este caso que encontramos una seria barrera infranqueable a la flexibilidad que México requiere para seguir con un desarrollo genuinamente diversificado e independiente.

El tema no se presenta fácil en cuanto a continuar con cualquier tratado con Estados Unidos que suponga que nos asimilemos integralmente a su programa hegemónico. El problema, sin embargo, no tiene que ser planteado de esta manera. México no debe aceptar el falso dilema. Nuestro verdadero dilema está en otra parte. El desarrollo completo del país tiene que seguir aprovechando sus recursos humanos y materiales. Consiste en decidirnos en favor de nuestro propio desarrollo independiente o dejarnos llevar por el camino que hasta ahora nos trajo el que escogimos en 1994.

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