Peña y el juicio del tiempo…
¿Reclamarán los políticos de Morena volver a la vieja tradición? ¿O se mantendrá para Peña la fórmula de “cada quien su sexenio”, la misma fórmula que él le dispensó a Calderón y que antes aplicó Fox con Zedillo?

Ivonne Melgar
Retrovisor
La suerte de los expresidentes ha ido de la mano del trato que sus sucesores les dan.
Mientras el fuego amigo ha sido la constante entre los exmandatarios de un mismo partido, para los protagonistas de las alternancias del 2000 y 2012 prevaleció la concordia.
En los tiempos de la hegemonía priista, la saña era sutil, pero saña al fin.
Las memorias de Gustavo Díaz Ordaz, recientemente recuperadas por Marisa Iglesias en Imagen Televisión, revelan el mal momento que debió tolerar en su corto paso diplomático por Madrid, porque así lo quiso el gobierno de Luis Echeverría. “Terminé renunciadito”, resumió el gobernante del 2 de octubre.
Más tarde, el presidente José López Portillo aplicaría una fórmula similar y que fue transcrita así en un comunicado de la cancillería: “La SER informa que por acuerdo del señor Presidente de la República, el licenciado Luis Echeverría ha sido nombrado embajador en las islas Fiji”.
Posteriormente, las cosas fueron más rudas y no hubo ni la posibilidad de exilios diplomáticos. Así, Carlos Salinas, defenestrado por Ernesto Zedillo, hizo huelga de hambre, padeció el encarcelamiento de su hermano y se quedó un buen rato en la isla de Cuba.
Fueron los sexenios de un presidencialismo sin contrapesos que hoy bien podría retomar Andrés Manuel López Obrador por el amplio apoyo popular del que goza y que habrá de traducirse en una cómoda mayoría de Morena en el Congreso.
Pero como artífice de la tercera alternancia mexicana, y gracias a un liderazgo que nadie le regatea, López Obrador puede tomar la ruta que siguió Vicente Fox al sacar al PRI de Los Pinos y Peña cuando logró el regreso de su partido al poder.
A diferencia de Felipe Calderón, quien consideró necesario deslindarse y tomar distancia de su antecesor, el futuro Presidente no requiere, por ahora, ni de manotazos ni de actos mediáticos sorpresivos.
Peña prescindió de esa tradición mexicana: La de maltratar al antecesor y todo lo que éste represente, como vía para legitimarse.
Por el contrario, si de algo se quejaron los políticos priistas en este sexenio fue de la falta de “mano dura” del gobierno contra el PAN y los panistas ligados al expresidente Calderón.
¿Reclamarán los políticos de Morena volver a la vieja tradición? ¿O se mantendrá para Peña la fórmula de “cada quien su sexenio”, la misma fórmula que él le dispensó a Calderón y que antes aplicó Fox con Zedillo?
A juzgar por lo sucedido desde el primero de julio, López Obrador no tiene nada que reclamarle a Peña.
Por el contrario, el Presidente electo reitera cada vez que puede su reconocimiento al Presidente en funciones porque, afirma, nunca se entrometió, “como otros”, en el proceso electoral.
Este señalamiento que podría ser una mera cortesía, cobra una gran relevancia si nos atenemos al dicho de que la historia la escriben los ganadores. Y vaya que López Obrador lo es ahora, por la dimensión de su triunfo, frente a cualquier otro de sus antecesores.
A este buen trato público debe agregarse el hecho de que en la agenda de cambio del Presidente electo ninguna oferta tiene que ver con una investigación al gobierno actual y menos a la persona de Peña.
La pregunta de si iría contra su antecesor le fue formulada en varias ocasiones al candidato López Obrador, quien, incluso, llegó a precisar que él se haría cargo de perseguir la corrupción generada a partir del primer día de su gobierno.
Y a juzgar por lo que se declara en Morena o en la casa de transición, lo que ahí preocupa es reacomodar los recursos de la administración para financiar las promesas de campaña, encontrarle la cuadratura al círculo del perdón de las víctimas, avalar las pistas del NAIM y darle formato parlamentario a la cancelación de la Reforma Educativa.
Poco o casi nada se habla de la fiscalía pendiente, del sistema anticorrupción o de los expedientes de Odebrecht y los exgobernadores Javier Duarte, César Duarte y Roberto Borge.
Éste es el clima de una transición afelpada que le permite a Peña declarar que se siente satisfecho con su gestión. Y que su vida política terminará el próximo primero de diciembre.
“El tiempo y la historia darán razón a lo que impulsamos. Ahí están y estarán los resultados para quienes los quieran aceptar”, declaró este miércoles.
En entrevista con Ciro Gómez Leyva, el Presidente lucía atemperado, resuelto a atribuir la derrota electoral del PRI a un candidato que “no funcionó”, en referencia a José Antonio Meade, rechazando la narrativa de que el saldo en las urnas fue equivalente a su pérdida de popularidad.
Dos días atrás, en Palacio Nacional, en una escena que bien podría calificarse como el anticipado cierre del sexenio, Peña escuchó estoico que su Reforma Educativa será cancelada.
Para los fijados, fue una afrenta.
Para quienes confían en la estrategia de Peña: Se trató de una anécdota que quedará atrás cuando el expresidente pueda salir y caminar tranquilo aquí, sin la saña de otros tiempos, en el México de la cuarta transformación.