La gran electora y la reforma del máximo poder

La gran electora y la reforma del máximo poder

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

La semana que concluye ha sido estelar para la presidenta Claudia Sheinbaum, por lo sucedido con el líder del CJNG y la defensa de su prometida reforma electoral.

Con la evidencia pública de que, al menos en esta situación, tomó la ruta de enfrentar al crimen organizado, en contraposición a la de brazos caídos del pasado reciente, el ejercicio en el poder de la mandataria mexicana no puede ponerse en duda.

Porque más allá de las presiones de EU y el contexto que determina sus actos de gobierno, ella es la comandanta suprema del Ejército que localizó y abatió a Nemesio Oseguera, El Mencho.

E, independientemente de las consideraciones ideológicas, políticas y humanitarias que tengamos sobre el uso de la fuerza militar, ésta encarna la máxima expresión de la conducción del Estado. Es en medio de este logro que la presidenta Sheinbaum presenta su propuesta de cómo acceder al poder, mediante una reforma político-electoral que obligaría a los aliados de Morena, el PVEM y el Partido del Trabajo, a darse un balazo en la cabeza, es decir, un tiro de gracia.

Más allá de los alegatos de la austeridad, los conocedores de la evolución de la arquitectura electoral mexicana saben que la propuesta afectaría en sus decisiones y recursos a todos los partidos, al INE y a los organismos locales complementarios.

Aun cuando los dirigentes y legisladores del PVEM han sido mesurados, alegando que esperaran a conocer la iniciativa este lunes, lo dicho por el responsable de asuntos electorales, Arturo Escobar, y los coordinadores parlamentarios, Carlos Puente y Manuel Velasco, es suficiente como para concluir que la reforma, tal como está, no contará con la totalidad de sus votos: 62 en la Cámara de Diputados y 14 en el Senado.

Porque la reforma constitucional que Pablo Gómez prepara, y que no incluyó ninguna de las propuestas del Verde, necesita para concretarse la mayoría calificada que Morena sólo completa con sus dos aliados.

En el caso del PT, con 49 diputados y seis senadores, el bajo perfil de sus dirigentes se rompió cuando la senadora petista Yeidckol Polevnsky desahució la viabilidad de las candidaturas plurinominales que la reforma de Palacio quiere ver haciendo campaña.

“Imagínense, un diputado de mayoría hará campaña en un distrito electoral y un pluri en cinco estados, en 40 distritos, y sin recursos, porque él no va a tener recursos. Creo que está fuera de toda realidad; no es tema lógico”, resumió la expresidenta de Morena.

La senadora Yeidckol tocó de paso el punto del dinero, determinante en el rechazo a la propuesta porque, alegan quienes estuvieron en las inservibles mesas de Pablo Gómez, ni siquiera hubo un sustento técnico para justiciar el tijeretazo parejo de 25% del financiamiento a partidos y a las instituciones del sistema electoral.

En entrevistas, Arturo Escobar, Carlos Puente y Manuel Velasco revelaron haber propuesto un recorte todavía mayor, pero garantizando un piso parejo para competir: que todos los partidos reciban los 600 millones que actualmente tiene el PT, versus los 2,500 de Morena.

Y no hay que soslayar las cuentas de Luis Armando Melgar, quien representa al sector del PVEM que votaría en contra, aun cuando la cúpula termine cediendo. ¿Cuántos podrían oponerse?, le preguntaron. “Le puedo garantizar que los suficientes para que no pase”, respondió el senador chiapaneco.

Conocedora de las posturas en contra de los dos institutos políticos de la coalición que impulsó su candidatura en 2024, la presidenta Sheinbaum triplicó la apuesta argumentando que la reforma contiene sus compromisos de campaña, que ella ya ganó presentándola y que allá aquellos que la voten en contra en defensa de sus privilegios.

El lenguaje duro utilizado por la mandataria hacia la resistencia de quienes le han aprobado 24 reformas constitucionales en el Congreso, en lo que va de su sexenio, es el mismo que le aplica a la oposición y a sus críticos.

Se trata de una peculiaridad de Sheinbaum en el llamado estilo personal de gobernar.

Porque además de negarse a cualquier ajuste pactado previamente con petistas y verdes, decide adicionalmente darles trato de aliados de su partido, es decir, de Morena, pero no suyos.

El desdén presidencial ha trascendido la descalificación de que estar en contra de la reforma es aferrarse a privilegios personales, para advertir que “ya tiene medido” lo mal que les irá a quienes la voten en contra.

La paradoja es que nadie quiere quedar mal con la Presidenta que promete más democracia y a la que, en los hechos, consideran como “la gran electora”, temiendo represalias en el reparto de las 1,300 candidaturas a presidencias municipales y 17 gubernaturas para 2027.

Se imponga o no la reforma, la Presidenta se verá, como ya lo auguró, poderosamente plena en el espejo de las encuestas.

Y, quizá “el desarreglo temporal legislativo”, como calificó este momento Ricardo Monreal, jefe de los diputados de Morena, quedará como anécdota de una Presidenta que cuando perdía, también ganaba.

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