Un comienzo de año que parece sacudir el orden de muchas cosas. Una amenaza que parecía que no se cumpliría, quizá porque los tiempos del intervencionismo habían pasado.
Sobre este tema, las dos críticas más obvias y superficiales tras la captura del tirano venezolano son: a) la transgresión al derecho internacional, y b) que el país del norte se consolida como imperio o como la hegemonía de América. ¿Tienen sentido? Sí. Sin embargo, ambos son pensamientos estructurados en una imagen de un mundo simple y la mayor crítica que se les puede hacer es que ninguno de los dos razonamientos puede explicar la complejidad del momento actual que atraviesa el mundo.
¿Es el siguiente texto una apología de la intervención estadunidense? No. Mi propósito es expandir la conversación para ir más allá de un posicionamiento de dos posibles miradas: quienes priman el argumento del derecho internacional, y quienes perciben un futuro donde sólo hay una superpotencia que lo decide todo. Quizá debamos repensar el marco ético desde el cual solemos juzgar la intervención.
El mundo es muy complejo, y la dinámica instantánea de las redes sociales, los 280 caracteres de un tuit, los 20 segundos promedio de un video (suelen durar entre siete y 30 segundos) han hecho de la brevedad y la concisión los principales atributos de la comunicación, aun más importante que las ideas en sí. Sin embargo, en la compleja actualidad, esta concisión no es suficiente para tomar decisiones ni para buscar acuerdos.
Así, la defensa al derecho internacional (que en el fondo esconde el miedo legítimo a ser sujeto de una invasión, con justa razón, pues las leyes existen para frenar las ambiciones de dominio que el poder suele perseguir) es la alarma que parece articular muchas voces. Este principio considera que las naciones soberanas tienen el derecho de elegir qué es lo mejor para sí mismas. Y es aquí donde hay que preguntarse: ¿qué sucede entonces cuando una nación no es soberana? ¿En el caso de un dictador aplica el mismo derecho internacional? ¿Qué es la soberanía?
Cuando un tirano decide en lugar del pueblo, ocurre una escisión entre soberanía formal y soberanía real. El Estado sigue siendo soberano ante el mundo, pero el pueblo deja de ser soberano en sentido político, ya no puede elegir su destino político. El derecho internacional sigue siendo una barrera necesaria contra el abuso, pero no siempre es suficiente para resolver situaciones donde la soberanía ya no reside en el pueblo. Cabe aclarar que éste no es un texto sobre derecho, sino sobre los valores que escogemos para tomar nuestras decisiones. No es, por tanto, una cuestión legal, sino ética ¿Qué es, pues, más relevante: la soberanía formal que protege a la tiranía o el reconocimiento de la ausencia de una soberanía real, evidenciada por los millones de personas que viven en la impotencia? Como lo escribió Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951): “La soberanía de los Estados puede coexistir con la completa impotencia de los pueblos”.
El posicionamiento personal no puede fundamentarse solamente del miedo que una injerencia se replique en otros contextos (y, sobre todo, el miedo principal hacia el territorio que uno habita), sino en evaluar si el beneficio recae sobre la población o sobre un grupo en el poder. ¿A quién beneficia, realmente, la no injerencia? ¿Quién se ampara y se aprovecha del derecho internacional? ¿Hacia dónde debe encaminarse la ayuda internacional? Tal vez la cuestión no sea decidir qué intervención es legítima, sino preguntarnos bajo qué premisas justificamos quedarnos al margen cuando otros ya han perdido toda capacidad de decisión.
Otra postura posible es la no injerencia, la cual a menudo es una derivación de la indiferencia: “Hasta que esto no me afecte, no es de mi incumbencia”. De ser esto cierto no existirían las Naciones Unidas, los Médicos sin Fronteras ni diversas ONG. Lo cierto es que el otro nos importa. Tenemos en nuestro cerebro el sistema emocional CARE, un circuito que sustenta conductas como el altruismo, la compasión y la empatía. Tanto la maternidad como las experiencias tempranas del cuidado afectivo fortalecen este sistema y generan efectos duraderos. De hecho, la supervivencia de los mamíferos en el planeta es posible gracias al sistema CARE. La indiferencia, por tanto, no es una condición natural, sino más bien una construcción de carácter defensivo.
Así, ignorar lo que sucede no es una opción, pero tratar de entender en profundidad el tema se convierte en el punto central. ¿Qué es más importante: las formalidades o los individuos? ¿Los acuerdos entre las naciones o las imposiciones dictadas a un pueblo? ¿Puede, acaso, llamarse autodeterminación a aquello que carece de una capacidad real de decisión?
Más allá de la política impulsada por evidentes intereses petroleros, lo cierto es que no cualquier nación se va a ganar una intervención para liberarse de un tirano. El dilema personal es qué principios defiende cada individuo y por qué motivos o argumentos. Y la respuesta, cualquiera que sea, debe trascender la justificación del supuesto del derecho internacional, como un gran regidor que todo lo sabe y que no puede ser cuestionado, sobre todo si ese derecho blinda formas de dominación. Porque pensar es, en esencia, retar y retarse a uno mismo. Una y otra vez.
