De Martí al Granma: México en la historia de la soberanía cubana

Ricardo Peralta Saucedo
México correcto, no corrupto
El triunfo revolucionario de 1959 buscó restituir la soberanía política y económica de la isla, desmontando un sistema subordinado a intereses externos.
La historia de Cuba y México se entrelaza a través de episodios que trascienden la mera coincidencia geográfica. Es una relación cimentada en ideales compartidos: autodeterminación de los pueblos, soberanía nacional y resistencia frente a cualquier forma de dominación extranjera. Desde el pensamiento independentista del siglo XIX hasta los acontecimientos revolucionarios del siglo XX, México ha sido escenario y testigo de momentos decisivos en la historia del pueblo cubano.
En ese itinerario destaca la figura de José Martí, poeta, pensador y arquitecto intelectual de la emancipación de Cuba. Martí residió durante dos años en la Ciudad de México, en la casa ubicada en la calle de San Ildefonso número 40, inmueble que hoy alberga la Casa Tlaxcala, donde se instalará un espacio inmersivo que evocará su presencia en esa casa recientemente restaurada por el actual gobierno estatal bajo el liderazgo de Lorena Cuéllar Cisneros. En ese lugar escribió parte sustancial de su obra política y literaria, fortaleciendo una relación cultural entre ambas naciones que permanece vigente.
La independencia formal de Cuba se produjo tras la Guerra hispano-estadunidense. Sin embargo, aquella victoria no significó una soberanía plena. La creciente influencia política y económica de Estados Unidos configuró una tutela indirecta que aún se expresa en la permanencia de la Base Naval de la Bahía de Guantánamo.
Durante la primera mitad del siglo XX la isla fue transformada en un enclave económico donde confluyeron capitales extranjeros y redes criminales vinculadas al juego, la especulación inmobiliaria y el turismo de privilegio. Bajo el régimen de Fulgencio Batista, La Habana se convirtió en un escaparate de casinos y hoteles controlados por intereses mafiosos que condicionaron la vida política y económica de la nación.
Ese contexto dio origen al movimiento insurgente encabezado por Fidel Castro y acompañado por Ernesto. El triunfo revolucionario de 1959 buscó restituir la soberanía política y económica de la isla, desmontando un sistema subordinado a intereses externos.
México volvió a desempeñar un papel decisivo. En territorio mexicano se organizaron los revolucionarios que iniciarían la lucha guerrillera. Desde el puerto de Tuxpan, Veracruz, partió el histórico barco Granma rumbo a Cuba, expedición que daría origen a la insurrección en la Sierra Maestra.
La confrontación con Washington se intensificó poco después. En 1961 ocurrió la fallida Invasión de Bahía de Cochinos. A partir de entonces se consolidó un embargo económico que, con el paso de las décadas, derivó en un bloqueo prolongado con profundas consecuencias para el desarrollo de la isla.
Durante la Guerra Fría, el respaldo de la Unión Soviética permitió a Cuba resistir la presión internacional. Sin embargo, la caída del muro de Berlín y el colapso del bloque socialista provocaron una crisis económica severa agravada por las restricciones comerciales que limitan el acceso a recursos estratégicos.
La historia compartida entre México y Cuba invita a una reflexión mayor: la dignidad de los pueblos y la soberanía nacional constituyen principios irrenunciables del derecho internacional. Defenderlos no es retórica; es una responsabilidad histórica de las naciones libres. Para México, cuya tradición diplomática descansa en la autodeterminación de los pueblos, ese compromiso sigue siendo un imperativo frente a los desafíos del presente.