Violencia ginecológica, la otra forma de maltrato
25% de mujeres embarazadas sufrió este abuso.
Por Marisol Escárcega
Hace no mucho, una querida amiga me comentó entre lágrimas que su ginecólogo le advirtió que si no bajaba de peso, jamás podría embarazarse; además, debía apurarse porque ya estaba a punto de rebasar los 35 años y después de esa edad era una irresponsabilidad embarazarse.
Estoy segura de que todas las mujeres conocemos o hemos tenido malas experiencias con l@s ginecólog@s. Durante mi vida he tenido varias, como cuando el técnico que me realizó un ultrasonido pélvico y de mama me dijo que por fortuna yo no tenía bellos en el abdomen, como otras mujeres, y que mis pechos eran perfectos para mi complexión.
En otra, al personal del laboratorio se le olvidó informarme que el papanicolaou me lo realizaría un hombre, pese a que había solicitado expresamente que fuera una mujer. O qué tal aquella enfermera que me indicó que debía depilarme las axilas para hacerme el ultrasonido de mama, cuando segundos antes le dijo a un hombre, que venía a realizarse el mismo estudio, que no requería que se depilara o, aquella ginecóloga que me advirtió que debía apurarme a tener hij@s porque si no más que parecer la madre, sería la abuela.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda a las mujeres acudir cada año a realizarse revisiones ginecológicas, sobre todo desde que comienzan su actividad sexual, por lo que papanicolaou, ultrasonidos transvaginales y de mama, entre otros estudios, son necesarios para prevenir el virus del papiloma humano (VPH), infecciones de transmisión sexual (ITS) o cáncer de mama y útero, así como para prevenir embarazos no deseados.
Sin embargo, no todas las mujeres cuentan con algún tipo de seguridad social o los recursos para acudir con especialistas. A lo anterior hay que añadir que muchas se rehúsan a acudir a estar citas por vergüenza y miedo, ya que han tenido experiencias desagradables y hasta traumáticas.
La violencia ginecológica existe y, por desgracia, se habla poco de ésta, pero es una forma más de agresión hacia las mujeres y sucede cuando la o el especialista al que acudimos sobrepasa los límites en la revisión o prácticas que realiza o cuando nos trata de manera deshumanizada, pues hacen comentarios hirientes, machistas y racistas. No se diga de la violencia obstétrica que sufren las mujeres durante el embarazo, parto y puerperio.
De por sí, la revisión en sí misma es incómoda, ahora imagínense si quien la realiza te hace tocamientos innecesarios, te juzga por el número de parejas sexuales que has tenido o las prácticas que tienes, al final, estoy segura que saldrás sintiéndote culpable y sin ganas de regresar.
El problema de esas malas experiencias es que dejamos de acudir a las revisiones anuales y las posibilidades de contraer una ITS, VPH o desarrollar algún tipo de cáncer se acrecienta, de ahí la necesidad de que las y los especialistas de esta rama de la medicina tengan una formación con perspectiva de género y que entiendan que, en sus manos, tienen una responsabilidad enorme con sus pacientes y que los comentarios y prácticas hirientes sí inciden en nosotras.
Trabajan con personas, por ende, deben tener tacto para atender a las mujeres que vamos a consultarl@s, ya que la sola idea de que debemos desnudarnos ante extrañ@s no es grata, mucho menos que nos juzguen, critiquen y hagan comentarios sobre nuestros cuerpos. No es ético.
Les dejo algunos datos para la reflexión: de acuerdo con el Inegi, 25% de las mujeres embarazadas sufrió violencia obstétrica, a 46 mujeres de cada 100 les realizaron una cesárea cuando no se requería y de las 32 entidades de México, sólo 17 cuentan con leyes específicas sobre la violencia obstétrica.
Urge dejar de normalizar este tipo de prácticas, necesitamos visibilizar que la violencia ginecobstétrica no es natural y sí lastima y, sobre todo, necesitamos de personal de salud con formación feminista, empático y sororo con sus pacientes.
marisol.escarcegagimm.com.mx
