Sororidad

¿Qué más subversivo, en una sociedad machista, que una hermandad entre mujeres?, porque, ojo, no es como un grupo de fans que coinciden sobre algo.

Por Marisol Escárcega

Tu lucha es mi lucha.

“Mujeres juntas, ni difuntas” o “la peor enemiga de una mujer es otra mujer” son frases (machistas) con las que crecimos. Las hemos acuñado y reproducido cada día durante muchos años, sin darnos cuenta que así, separadas, es como le conviene al patriarcado que estemos las mujeres.

No nos educan para que seamos amigas. Nos educan para competir entre nosotras, porque de lo contrario sería el fin de este sistema machista, ¿se imaginan si todas las mujeres del mundo fuéramos amigas?

De ahí la importancia de la sororidad. Esta palabra que, recientemente, fue aceptada en la Real Academia Española tiene su origen en la década de los 70, cuando la feminista Kate Millett la usó por primera vez en su célebre texto Política sexual. Su versión inglesa era sisterhood (hermandad). Sin embargo, su uso con una acepción claramente feminista fue hasta que la antropóloga mexicana Marcela Lagarde la definió como una hermandad entre mujeres. Sororidad, del italiano sorella (hermana).

¿Qué más subversivo, en una sociedad machista, que una hermandad entre mujeres?, porque, ojo, esta hermandad no es como un grupo de fans que coinciden sobre algo. No, de hecho, es todo lo contrario, la sororidad es una especie de amistad entre mujeres que, aunque no conocemos a todas, sin duda, pelearíamos para que respeten sus derechos, aun si no concordamos con ellas.

La sororidad percibe a todas como iguales, aunque sabemos que las mujeres blancas y con recursos sí tienen ventaja sobre las demás, sin embargo, la sororidad nos hace aliarnos, escuchar a las demás, entendernos y, sobre todo, no juzgarnos, porque sabemos que cada una proviene de circunstancias diferentes. Justo eso nos permite aprender y enriquecernos entre las muy diversas formas de pensar, sentir y vivir que tenemos.

Si bien, yo no podría decir que entiendo por lo que pasa una mujer lesbiana indígena, por ejemplo, pero sí puedo escucharla y entonces, reconocerme y reconocerla a través de una mirada solidaria, sorora.

Tampoco se trata de romantizar y asegurar que todas las mujeres somos las mejores amigas, porque las relaciones humanas van más allá del género, sabemos que hay mujeres que, conscientemente, ejercen violencia machista en contra de otras, sin embargo, si vemos que éstas son maltratadas o si las asesinan, entonces vamos a exigir que tengan justicia.

Y, es que, repito, no nos educan para ser solidarias entre nosotras, la competencia es más bien la premisa, incluso entre familia. Cuántas veces hemos visto, o incluso, vivido en carne propia esa rivalidad sutil que hay entre madre e hija(s), sobre todo cuando la segunda siente la necesidad de igualar o superar el legado que tiene de su mamá.

O, qué me dicen de la rivalidad entre hermanas, entre cuñadas o, la clásica, entre suegra y nuera, compitiendo para demostrar quién es mejor. Claro, no olvidemos la rivalidad entre la novia y la ex, ¿a poco no alguna vez hemos terminado odiando a la ex, aun sin conocerla?

Pero ¿y si fuera al revés?, ¿si en vez de rivalidad o competencia hubiera solidaridad, sororidad entre madre e hijas, entre cuñadas, suegras y nueras o, entre las exparejas?

Podemos elegir dejar de criticarnos entre nosotras, de juzgarnos, de ofendernos y convertirnos en un lugar seguro para otras, en aliadas, en pares.

Somos más de la mitad de este mundo, somos quienes hemos parido a toda la humanidad, ya es justo que estemos de nuestro lado, que dejemos de ser rivales, de vernos como competencia, repito, no es que todo sea miel sobre hojuelas, pero sí es momento de ver a la de al lado como nuestra igual y no como nuestra enemiga, porque no lo somos.

marisol.escarcegagimm.com.mx

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