Se busca
Hace cinco años salí temprano de la escuela y me sentí con la confianza de irme sola. Alguien me siguió. No volví a casa.
Por Marisol Escárcega
Para todas: existimos,
porque resistimos.
Me llamo Violeta, soy la segunda de tres hijas que tuvieron mis padres. Me gusta mucho la universidad, estudio veterinaria, estoy por terminarla. Tengo much@s amig@s, eso es algo que nunca le gustó a Adrián, mi exnovio. Le molestaba que me abrazaran, decía que para eso estaba él. Me celaba demasiado, tanto que ya no soporté más y terminé con él, pero no se resignó.
Me iba a buscar a todos lados, me seguía. Empezó a darme miedo. Mi hermana mayor me convenció de pedir una orden de restricción. No me la otorgaron, porque “no vieron peligro inminente”, así que mi familia decidió ir por mí siempre.
Hace cinco años salí temprano de la escuela y me sentí con la confianza de irme sola. Alguien me siguió. No volví a casa.
Mi familia comenzó a buscarme, pegó carteles con mi foto (traía un vestido rojo que me hizo mi papá, es sastre). Fueron a interponer una denuncia por mi desaparición, les dijeron a los del Ministerio Público que sospechaban de mi exnovio, lo investigaron, pero tenía una coartada, o eso fue lo que la policía le dijo a mi familia.
Buscaron por todos lados y encontraron dos cámaras que me captaron caminando hacia el Metro, detrás mío venía un hombre alto, como Adrián. Luego, en la otra ven cómo me lleva casi cargándome, como si estuviera desmayada. Me metió a una Van.
Amig@s, vecin@s y familiares siguieron buscándome. Cerraron calles. Tres semanas después, y con ayuda de una policía, que tampoco dejó de buscarme, encontraron la Van en un baldío. Estaba casi desvalijada. Hicieron análisis. Encontraron rastros de diversos fluidos, pero no a mí.
Los días pasaron, las semanas, los meses hasta que llegó el primer aniversario de mi desaparición. La lista de las personas que me buscaban empezó a hacerse más pequeña. No las culpo, debían seguir con su vida. Buscar a una persona implica tiempo, recursos y sé que no todas cuentan con ello.
Mi familia siguió buscándome, sabía que no se rendirían, aunque su vida se ha vuelto un infierno, ése que ni en mis peores pesadillas pude imaginar. Mis hermanas junto con mi mamá pegan volantes todos los días, siguen compartiendo mi cédula de desaparición en redes sociales, pero resulta que cada día, 18 personas de entre cero y 17 años son reportadas como desaparecidas, así que hagan cuentas... hay miles de volantes como el mío, con el rostro de alguien más. A 18 familias a diario les arrancan el corazón y las dejan muertas en vida, como a la mía.
En el MP informaron que luego de que encontraron la Van, Adrián desapareció, más bien huyó, como les dijeron sus vecinos a mis papás. Ahora sí la policía cree que tiene que ver con mi desaparición. Creo que ya es tarde.
Mi expediente sigue abierto, pero cada vez que mis hermanas llaman para preguntar si hay avance, la respuesta es la misma: nada. Mi mamá se unió a una colectiva de madres buscadoras, porque, dice, necesita saber qué pasó conmigo, dónde estoy.
Ya pasaron cinco años. Mi padre murió hace dos, le detectaron cáncer de páncreas. A veces creo que fue de tristeza. Dante, mi perro labrador, también murió...
Mis hermanas y mi madre siguen en la lucha y se han unido a muchas grupas. No pierden la esperanza. A veces quiero que lo hagan, porque dejaron de vivir para sobrevivir este infierno y encontrarme.
Hace cinco años su existencia se detuvo, dejaron de celebrar cumpleaños, ahora sus vidas se miden en los aniversarios de mi desaparición...
Ellas son mis testigas. Ellas cuentan mi historia, porque yo ya no puedo...
Hasta 2023, de acuerdo con el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, en la Ciudad de México se registraron mil 971 mujeres desaparecidas.
marisol.escarcegagimm.com.mx
