Propiedad de nadie
Por Marisol Escárcega Naciste entera, no te falta ninguna mitad. El lunes pasado, durante El Grito de la primera Presidenta de México, entre las algarabías que lanzó Claudia Sheinbaum mencionó a una heroína que nos dio patria: María Josefa Crescencia Ortiz ...
Por Marisol Escárcega
Naciste entera, no te falta ninguna mitad.
El lunes pasado, durante El Grito de la primera Presidenta de México, entre las algarabías que lanzó Claudia Sheinbaum mencionó a una heroína que nos dio patria: María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón.
Para la mayoría causó confusión, incluso hubo quien dijo que la Presidenta se había equivocado, pero no, lo que pasa es que a esa prócer la conocimos como doña Josefa Ortiz de Domínguez.
La misma Sheinbaum explicó en su conferencia matutina que decir el nombre correcto de esa heroína fue un acto de reconocimiento, porque “las mujeres no somos de nadie”. Incluso agregó: “Yo amo a mi marido, lo quiero mucho, pero no soy de él”.
El acto, muy simbólico en el discurso, nos refleja algo que las feministas siempre hemos defendido: lo que no se nombra no existe.
Quizá para el grueso de la población es una acción exagerada, pero seamos honest@s, ¿cuánt@s de nosotr@s sabíamos el nombre correcto, sí, correcto, de Josefa Ortiz?, poc@s, podría aventurar.
Lo cierto es que hasta los años 40 y 50, en nuestro país era muy común que las mujeres adoptaran el apellido de sus esposos, pues, además de ser “lo que mandaba la tradición”, daba estatus y reconocimiento social “ser de alguien”.
Recuerdo que en El segundo sexo, Simone de Beauvoir preguntaba cuál era la diferencia entre una hetaira (acompañante, cortesana o prostituta) y una mujer casada. Decía, palabras más, palabras menos, que ambas entregaban su cuerpo a cambio de algo, la primera por dinero; la segunda también, pero disfrazado de “el gasto”. La diferencia entre ellas, señalaba, era que una no era de nadie o de todos, según se veía, y la otra sí “pertenecía a alguien”, era la “esposa de”.
Así que usar el apellido del cónyuge era (y en algunos países aún es) una práctica muy popular. En Estados Unidos, de hecho, es común que al casarse, la mujer adopte el apellido de su marido. Ejemplos hay miles, pero, incluso en mujeres reconocidas social y políticamente y “empoderadas” como Hillary Clinton o Michelle Obama sucede. 70% de las estadunidenses casadas lo hace. En Reino Unido, la cifra es más elevada, pues 90% de la gente lo sigue practicando.
Esta costumbre, arcaica, desde mi parecer, se empezó, permítanme el término, a popularizar, en la Edad Media, cuando la mujer pasaba del lecho (¿yugo?) paterno al del esposo.
El acto en sí del matrimonio es entregar la tutela de la mujer, es como si las mujeres siempre fuéramos menores de edad. “Te entrego a mi hija”, dicen los padres a los esposos en el altar. Una escena patriarcal en la más pura expresión.
En fin, que las mujeres pasan de un lecho a otro, bajo el cuidado, protección y vigilancia, por supuesto, de otro hombre. Incluso cuando mueren no se libran del difunto, pues siguen diciendo “viuda de”. ¡Qué horror!
En México, al usar la INE como un documento oficial todas las personas deben conservar los apellidos con los que fueron registrados, aunque, sí, prevalece el apellido paterno.
Eso sí, en febrero de 2023, el Senado aprobó la reforma al artículo 58 del Código Civil Federal, que permite que l@s progenitores tengan la posibilidad de elegir el orden de los apellidos de sus hij@s al momento registrarl@s, aunque si lo analizamos es la misma gata, pero revolcada, pues el apellido materno de una mujer, en realidad, es su apellido paterno. ¡Plop!
Lo importante es que, si los gobiernos no lo hacen, nosotras nos nombremos, reconozcámonos como parte de la historia, porque existimos. El discurso presidencial de “vamos a reconocer a las heroínas” es muy lindo, sin embargo, lo que demandamos las mujeres es que se lleve a la práctica para todas, no sólo para las “aliadas” de la 4T.
