POV: viajar para postear

Imagen de la Mujer

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Por Laura Coronado Contreras*

La Fontana di Trevi de fondo, pagas tus dos euros por estar adentro, seleccionaste la moneda a lanzar, ideaste el estilo perfecto para Instagram y ¡zaz! Cuando sacas el celular te das cuenta de que no tiene batería, la cámara se estrelló, no hay señal ni ningún conocido que te preste el suyo. Una pesadilla no sólo para una influencer sino para cualquiera de nosotras. Cero stories, cero likes, epic fail. ¿Pierde sentido el viaje, la experiencia y todo lo demás porque no hay con quién compartirlo?

Nuestro Descartes interior nos dice “si no lo viralizas no existes”. En plena época veraniega no vivimos –para nada– una etapa de desconexión, por el contrario, la saturación de publicaciones sobre playas, destinos exóticos, platillos increíbles, conciertos, deportes y un larguísimo etcétera ya no es nada que nos llame al asombro.

¿Viajaríamos igual si no existieran las redes sociales? ¿Compraríamos lo mismo?

Definitivamente, no. 

Ciudades posicionadas puramente por su estética, por el llamado turismo de lujo visual, como Dubái, generan más de 3.4 millones de búsquedas al mes en Google y acumulan más de 147 millones de etiquetas en Instagram. ¿Hace cinco o 10 años sabíamos del Burj Khalifa, el rascacielos emblemático de Emiratos?

¿Cuándo nos dimos cuenta de que el chocolate de Dubái es mejor que el belga o el que tomábamos de chiquitas? ¿Textura visual? ¿El sonido al morderlo? Una tableta de pistache con una pasta crujiente, como dicho chocolate, generó 22 millones de dólares de ventas en tan sólo un trimestre y agotó las reservas de ese fruto seco a nivel mundial. ¿Pagarías hasta 100 dólares por un postre si no pudieras grabarte y compartirlo en TikTok? Quizás la respuesta es que no se trata de un dulce, sino de la relevancia digital.

El algoritmo es la nueva agencia de viajes. Las redes, los nuevos escaparates. La percepción de riqueza no se basa, ahora, en el saldo en la cuenta, sino en las “experiencias” que puedes compartir con tus seguidores, las colaboraciones que logras con marcas y las causas sociales que te nombran su embajador.

Y, aunque pareciera exagerado, no es una intuición, sino de matemáticas puras. El impacto es brutal en muchos sentidos: estudios de arquitectos reportan cómo, sin obviarlo, la iluminación está pensada en el aro de luz de los futuros comensales, chefs diseñan platillos fotografiables, las visitas a los museos reservan spots para difundir sus exposiciones y ciudades como Barcelona registran 23 millones de búsquedas globales combinadas con casi 100 millones de publicaciones etiquetadas.

Nadie instagramea el café que se toma de la máquina de la tienda de la esquina. ¿Por qué compartiríamos algo así o sí? 

La tradición de lanzar una moneda en la Fontana ha pasado de un rito a una coreografía: pararte de espaldas al monumento, tomar la moneda con la mano derecha y lanzarla por encima del hombro izquierdo para garantizar tu regreso a Roma. Es tal el impacto del turismo masivo que se recaudan cerca de 1.5 millones de euros al año que se donan a Cáritas, pero, además, el pago por el ingreso ha sido justificado por el gobierno como un mecanismo de control de las aglomeraciones de personas buscando el ángulo perfecto o que repetían el lanzamiento hasta lograr el video ideal.

En pleno 2026, ¿Cuál es tu punto de vista? Vale la pena preguntarnos si el verdadero deseo al aventar la moneda es la esperanza de volver a la Ciudad Eterna o si, en el fondo, es no pasar desapercibidos en el scroll.

*Catedrática de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac

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