Por Marisol Escárcega
A lo largo de mi vida he escuchado “no todos los hombres” cuando las feministas nos quejamos de la violencia contra las mujeres. Ésta es una frase que es lanzada como un argumento de que no todos los hombres acosan, violan, asesinan...
La repiten como un mantra, como una oración que los protege de las consignas que llevan a cabo las mujeres. Es una especie de escudo para que esos cuestionamientos que lanzamos, no los toquen ni los raspen.
Quienes usan esa frase rechazan que ellos sean violentadores (se entiende), pero, inconscientemente quitan la responsabilidad a quienes sí lo hacen. Los excusan.
Encima desvían la atención de un hecho violento para ponerse en el centro de la discusión y autoproclamarse como las víctimas del enojo de las mujeres, asegurándonos que no son iguales.
Sin embargo, “no todos los hombres” es una frase utilizada como un maquillaje que intenta ocultar una realidad que ni esos hombres pueden matizar: la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, no es cometida por un hombre machista serial, sino por millones de hombres.
Cuando hablamos de los hombres, no estamos generalizando ni nos referimos a ellos como individuos, sino como un sistema (patriarcal) que ha permitido una estructura donde se ha normalizado la violencia contra las mujeres. Porque el hecho de que un hombre no haya cometido un acto violento contra alguna mujer no lo exime de que no haya sido partícipe en la repetición de patrones que sostienen la cultura misógina.
Veamos: “No todos los hombres”, pero cuando una compañera del trabajo es violentada laboral o sexualmente, y hay hombres que fueron testigos, ninguno de ellos señala al agresor o lo increpa, mucho menos apoyan a esa mujer para que realice su queja con los jefes, más bien deciden voltear hacia otro lado y hacen de cuenta que nada pasó.
“No todos los hombres”, pero si una mujer es ascendida a un cargo importante, inmediatamente hay comentarios machistas hacia ella, aludiendo que si fue promovida fue por hacer “algún favor sexual”.
“No todos los hombres”, pero no los veo reprochándole a sus amigos cuando realizan comentarios o chistes machistas u homófobos.
“No todos los hombres”, pero cuando hay acusaciones en contra de algún cantante, deportista, famoso o algún conocido o familiar siempre ponen en duda el testimonio de la(s) víctima(s).
“No todos los hombres”, pero el que uno, dos, 10 o 100 no hayan violado a una mujer no borra el hecho de que 90% de las violaciones sexuales a mujeres (y sí, también a hombres) son perpetradas por hombres.
Si en verdad hay hombres que no son como aquellos que violentan, entonces dejen de desviar el debate de temas importantes para camuflajearlos con el “yo no soy igual”, “no generalicen” o “no todos los hombres”.
Porque “no todos los hombres” es sólo un intento para justificar, para tratar de ocultar lo evidente; es una frase hipócrita, en donde, al final del día, ésos que no son iguales se vuelven cómplices, ya que, como en el clásico club de Toby, deciden callar o mirar a otro lado ante un acto de violencia para no romper ese pacto sagrado que hay entre hombres.
Esos que dicen “no todos los hombres” se asumen como buenos hombres, nos aseguran que ellos no violentan, no acosan, no violan, no asesinan, sin embargo, no dejan de ser machistas, no dejan de ser cómplices de aquellos que sí agreden.
Guardar silencio para “no meterse en problemas” también es secundar la violencia sistemática que nos somete a las mujeres.
No se equivoquen, sí, “no todos los hombres”, pero… siempre es un hombre.
