Mujeres atrapadas
• Nosotras debemos seguir unidas en sororidad, cada una desde su trinchera, su profesión, su campo de acción, su labor o su hogar
Por Ma. Patricia Herrera Gamboa
Atrapada me siento cuando descubro,
que sola me encuentro, que nadie me
escucha, por más que grito o levanto
el puño, ante sordos y ciegos...
Atrapadas nos sentimos las mujeres ante los hechos recientes.
Ante autoridades que, por más gritos, marchas, reclamos o condenas que hacemos, siguen desapareciendo, matando, ultrajando y acosando a las mujeres mexicanas, en una lucha sin cuartel, que se vuelve estadística, para un sistema judicial que no aplica la ley, ni parece importarle que cada día se sume una más.
Es desesperante la impotencia que se siente, por el número de mujeres desaparecidas día tras día; mujeres, sobre todo jóvenes, que ven violados sus elementales derechos, a la libertad de caminar por las calles de este país, que no les ofrece garantías, protección ni respeto.
Las autoridades minimizan el problema, incluso sonríen cuando hablan del tema; manotean por hartazgo de pan con lo mismo, quizás, tristemente, tuviera que faltarles una hija, esposa o madre, para que empezaran a escuchar el grito generalizado de las mujeres de este país que reclamamos su acción y reacción, aunque ello signifique una más.
La sociedad mexicana lo sabe, lo escucha y lo ve, no importa de qué estado de la República se trate y si antes había este problema, es evidente que en los últimos años se ha recrudecido el odio desmedido hacia las mujeres y no sólo en México, sino en varios países del mundo, ya no sólo somos objetos sexuales, nos hemos vuelto el objetivo de violadores, acosadores, feminicidas y asesinos, por el simple hecho de ser mujer.
¿Y qué responden las autoridades, qué han hecho o qué ofrecen?
Discursos que no funcionan, promesas que no cumplen; al contrario, esquivan el tema, cuando lo que necesitamos es acción y reacción, que encuentren a los culpables y los encarcelen, ejerciendo para ellos todo el peso de la ley sin miramientos, deteniendo, de una vez por todas, esta aplastante impunidad.
Y nosotras debemos seguir unidas en sororidad, cada una desde su trinchera, su profesión, su campo de acción, su labor o su hogar.
Quizá sería buena idea no sólo hacer marchas y cerrar calles, sino también atreverse a denunciar y proteger a nuestras jóvenes, preparándolas para que sepan qué hacer o a dónde acudir en caso de peligro, no podemos ni debemos coartar su libertad, pero debemos alertarlas de los tiempos que les ha tocado vivir, sin mentiras, para que no bajen la guardia, para que, incluso, elijan certeramente a sus amistades.
Hagamos cadenas de padres de familia con vecinos, familiares y compañeros de escuelas, sin importar si son públicas o privadas, en estos momentos no importan los niveles sociales, importa la vida de nuestras mujeres, niñas y adolescentes.
Que quede claro que este grito no tiene que ver con politiquería ni falsos reclamos por divisiones absurdas, es un grito genuino de derechos humanos y de vida, de mujeres mexicanas a las que ya nadie calla, porque nos sentimos atrapadas en nuestro propio país. ¡Basta ya de discursos vacíos, exigimos resultados!
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