Lo que el 20 se llevó

Nada volverá, porque el tiempo es lo único queno regresa y la pandemia y el miedo nos robaronmuchos momentos y muchos abrazos.

 Por María Patricia Herrera Gamboa

Sin duda, iniciar la segunda década del nue­vo milenio no ha sido fácil para la humani­dad, azotados por un devastador virus que se ha llevado a miles de personas, de todas las nacionalidades, estatus sociales, jóvenes, niños, adultos y viejos por igual, dejándonos un dolor inolvidable e irreversible. Si bien la pandemia vistió de luto a miles de hogares, hoy deseo enfocar estas breves líneas en los sobrevivientes, las secuelas y lecciones que este hecho nos ha dejado para siempre.

Conocimos la palabra y acti­tud de resiliencia, poco conocida hasta entonces, que significa la capacidad de una persona para superar circunstancias traumá­ticas, como la muerte de un ser querido, un accidente, un sismo o una pandemia. Entonces, la resiliencia de muchas perso­nas ha ayudado a que estemos cerca de la luz al final del túnel, con una parte de la humanidad vacunada, esperando alcanzar la inmunidad, cuando el últi­mo ser humano sea vacunado. Y la resiliencia se ha generado también en el planeta, porque la hay ambiental, como la capaci­dad que tiene un sistema para recuperar el equilibrio después de haber sufrido una perturba­ción, es la capacidad de restau­ración, por el daño que los seres humanos le hemos hecho al planeta desde hace miles de años, consecuencia de nuestra inconsciencia.

Y qué decir de lo que perdieron nuestros niños y adolescentes, los más valientes de la pandemia, a quienes de un tirón les fueron arrebatados dos años de estudio “normal”, porque de un momento a otro, pequeños que apenas conocerían las letras y núme­ros, se vieron frente a un monitor o un telé­fono celular, con madres, padres o abuelos en el papel de maestros, intentando ense­ñar lo que no sabían enseñar, encerrados en sus hogares sin poder salir a correr y jugar con los amigos, lo que ello significa para el desarrollo normal de un niño.

Los adolescentes, en cambio, que no han tenido tantos problemas con el aprendizaje en línea, los afectó más en el aspecto aní­mico, sumergidos en un mundo totalmente cibernético y extrañando más a los amigos y la convivencia; muchos de ellos tuvieron la mala fortuna de concluir un ciclo escolar sin esa esperada convivencia o el caso de las jovencitas que no pudieron celebrar sus tan esperados 15 años, eventos que quizás a nosotros nos parezcan de poca importancia, pero para ellos eran de una gran ilusión. Sería bueno ser empá­ticos con ellos, con paciencia y comprensión para evitar, en la medida de lo posible, que esta situación no les arrebate la liber­tad de sus sueños y esperanzas.

La pandemia nos cambió a todas las personas, las costum­bres, la vida social, las relacio­nes de pareja, los ambientes laboral y económico; muchas personas perdieron su traba­jo o quebraron sus negocios, o no pudieron titularse o con­cluir una investigación, incluso afectó las relaciones amorosas, porque muchas parejas no lo­graron unirse en matrimonio o peor aún, el encierro los llevó al divorcio y aumentó la terrible violencia familiar.

Nada de eso volverá, porque el tiempo es lo único que no regresa y la pandemia y el miedo nos robaron muchos momentos, mu­chos abrazos y logros de forma irreversible.

Quizá deberíamos tomar conciencia de lo sucedido y empezar a respetar a un planeta que nos pide a gritos dejar de dañarlo, por­que, según los expertos, el cambio climático provocará que se generen nuevos virus con todas las consecuencias que provocarían mayores daños a la humanidad y las nuevas generaciones.

herrerapat@yahoo.com

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