La culpa nunca es de la víctima

Es como si creyéramos que merecían lo que les pasó.

Por Marisol Escárcega

Julia salió de fiesta con sus amigas. En un bar conocieron a un grupo de chicos con los cuales comenzaron a beber y a bailar, uno de ellos la siguió hasta el baño y trató de tocarla y besarla, ¿la culpa es de ella?

Rosita tiene ocho años, desde hace dos años, su primo (16 años) entra a escondidas a su habitación para abusar de ella; él le dice que es su secreto, ¿la culpa es de ella?

Todos los días, María José sale de su casa a las 5:30 de la mañana para ir a la universidad. En la parada del camión un hombre se detuvo a masturbarse frente a ella, mientras le decía obscenidad y media, ¿la culpa es de ella?

Si tu respuesta fue sí a alguno de estos casos, te informo que no es así, porque, repite conmigo: La culpa nunca es de la víctima.

Creer que Julia, Rosita o María José pudieron hacer algo para prevenir lo que les pasó o, peor, que provocaron esas situaciones, es culparlas y, encima, quitar toda la responsabilidad a los agresores y justificar lo que sucedió.

Y es que, ¿se han dado cuenta de que antes de defender a la víctima tratamos de explicar o hasta excusar al agresor?, es como si creyéramos que se merecían lo que les pasó, como a un chico al que le roban su celular en el Metro por traerlo en la bolsa de atrás.

Para la sociedad, una mujer es responsable de que su pareja le haya sido infiel, porque, seguramente “lo desatendió o se descuidó físicamente”. Para la sociedad, si una mujer fue violada en una fiesta se debe a que fue sola o bebió de más o traía puesta una falda demasiado corta. Para la sociedad, una mujer que es asesinada por su esposo es responsable porque no denunció nunca y se quedó callada.

El problema de responsabilizar a la víctima es que sí las hacemos sentir culpables, se flagelan y asumen que si hubieran llevado tenis, quizá habrían escapado o, que si hubieran dejado a su pareja la primera vez que les pegó, tal vez ahora no estarían en el hospital.

Si nos detenemos un momento a analizar, podremos llegar a la conclusión de que cualquier tipo de violencia ejercida contra las mujeres, sobre todo la  sexual, la primera persona de la que se sospecha y de la que se pone en duda su testimonio es la propia víctima.

Seguramente de Julia dirían que ella fue la responsable por aceptarle tragos a unos desconocidos; que si Rosita fuera buena niña se lo hubiera contado de inmediato a sus papás, y que María José debió correr y pedir ayuda a los vecinos. “Si les pasó lo que les pasó fue porque quisieron, ¿por qué no buscaron ayuda?, ¿por qué no denunciaron?...”.

En Ciudad Juárez, a finales de los 90, cuando aumentaron los números de desapariciones de mujeres y feminicidios, las autoridades de esa localidad difundieron una serie de “sugerencias” como: “No camines sola” (como si hacerlo garantizara llegar a salvo a casa); “No vistas de manera ‘provocadora’”, (como si usar el uniforme escolar fuera elección de las adolescentes); “No pases por lugares oscuros y solitarios”, (como si todas las mujeres viviéramos en sitios iluminados y con vigilancia —servicios que, por cierto, nos deben garantizar las autoridades—); “En caso de ser agredida, provócate el vómito o di que tienes VIH, porque eso ahuyentara a tu agresor...”.

No sólo nos culpan de lo que nos pase, sino que, además, nos responsabilizan de nuestra seguridad, de proteger nuestros cuerpos, nuestra integridad, nuestra vida. Nadie nos dice que la culpa y la responsabilidad siempre fue, ha sido y será de quien lleva a cabo el delito. Nunca es de la víctima.

Porque nosotras podemos acudir a mil y un talleres de defensa personal, pero mientras culturalmente no se asuma que no fue la minifalda ni el alcohol ni volver sola a casa ni el escote ni la edad, sino el agresor, seguirán culpándonos.

Temas: