Envejecer
En las mujeres hay una presión social de permanecer casi intactas, estéticas, flacas y jóvenes.
Por Marisol Escárcega
Un día descubrí un cabello plateado que se mezclaba entre mis chinos. Abrí los ojos lo más que pude y dije: ¡Rayos, una cana! La arranqué. Ese día me sentí la mujer más vieja del mundo, pese a que acaba de cumplir 27 años.
Envejecer es un acto que hacemos prácticamente desde que nacemos, es el recorrido más exacto que vamos a vivir, claro, si no morimos prematuramente, pero resulta que envejecer también tiene un sesgo de género, envejecer no es igual entre hombres y mujeres.
Mientras ellos se van haciendo más “maduros”, nosotros simplemente nos hacemos viejas. La sociedad considera que a ellos sí se les ven bien el cabello y la barba plateados, se ven más “interesantes”, incluso si son calvos, pero ¿cuándo han escuchado decir que una mujer se ve más guapa con sus canas naturales o con arrugas?
En las mujeres hay una presión social de permanecer casi intactas, estéticas, flacas y jóvenes. En innumerables ocasiones he escuchado cómo al ver a una mujer recién parida le dicen: “¡Qué envidia, ni parece que hayas tenido un bebé!” o “Por ti no pasan los años, no como otras”.
¿Como “otras”? ¿Quiénes son las “otras”? Bueno, las “otras” son las mujeres que se les notan las canas en el cabello, las arrugas en los ojos, en la boca, en el cuello, en las manos. Las “otras” son aquellas que “se descuidaron”, las gordas, las flácidas, las que no se “arreglan”, las que no usan mil y un cremas, geles, sérums o mascarillas para mantenerse “bien”. Tan mal vista es la vejez en las mujeres que, ¿acaso no han escuchado decir a algunas que se ven más jóvenes que otras de su misma edad? Es como si se separaran del resto y se colocaran en un lugar privilegiado donde se sienten “jóvenes por siempre” y a salvo del juicio de todos.
Hace un tiempo, una amiga me dijo que ella hacía ejercicio todos los días y se cuidaba de no subir de peso para que, al pasar los años, la gente dijera: “Mírala, maduró con gracia”.
El problema es que en ese afán de no envejecer o, al menos, de que no se note tanto, compramos un sinfín de productos de belleza, como máscara para pestañas, bases, correctores, labiales, etcétera, de los que nos hacemos adictas y luego tenemos que comprar otros productos para quitarnos el delineador o la sombra de los párpados en la noche, encima, tenemos que adquirir oootros productos para revertir el daño que nos causaron los primeros artículos, y para rematar, compramos productos para no envejecer. Total, un círculo vicioso y costoso.
Tenemos tan arraigado que las mujeres debemos siempre estar jóvenes y “arregladas” que de facto toda nuestra vida estamos buscando encajar en estereotipos de belleza a los que, hay que ser claras, jamás vamos a conseguir.
Por si fuera poco, a la vejez la asociamos con el final de nuestra existencia, como si llegar a los 30, 40, 50 o 60 años significara que ya no podemos hacer nada más. Y, es que las mujeres somos demasiado jóvenes o demasiado viejas para hacer algo. Por el contrario, parece que los hombres siempre están preparados para todo (excepto para las labores domésticas).
El desprecio por la vejez (edadismo) nos pone en una lucha constante con nosotras mismas, con nuestras mentes, porque desarrollamos ansiedad, estrés y depresión, y con nuestros cuerpos, porque los sometemos a dietas, ejercicio extenuante y/o tratamientos de belleza.
Nos rehusamos a envejecer, le sacamos la vuelta, retardamos su aparición, pero cuando es inevitable nos sentimos mal, como si hubiéramos fracasado; sin embargo, debemos preguntarnos: ¿es la vejez la que nos persigue o amenaza o son los estereotipos de belleza, los ideales sobre nosotras los que hacen que le temamos a esa etapa? Parece, entonces, que el acto de envejecer lo convertimos en un infierno, así como le hicimos cuando éramos niñas, adolescentes o jóvenes, siempre buscando a la mujer que nos dijeron que debemos ser.
marisol.escarcegagimm.com.mx
