Envejecer: ¿declive u oportunidad?
Es necesario asimilar que la vida humana es finita.
Por Ma. Elizabeth de los Ríos Uriarte*
A menudo asociado con disminución de capacidades físicas, cognitivas y motoras, el envejecimiento se ha visto como un problema no sólo de salud, sino también económico y hasta político. La ONU, a través del World Social Report, estima que para 2050 habrá 1.6 billones de personas mayores de 65 años en el mundo, principalmente en Europa, América del Norte, Australia y algunas partes de Asia, la proporción de personas de esta edad es de una o dos por cada 10 individuos.
Diversos factores contribuyen al incremento de una población envejecida: las tasas de fertilidad en las parejas jóvenes han disminuido debido a la necesidad de realizar carreras profesionales bien remuneradas, lo que los inserta en un ritmo de vida donde no queda tiempo para tener hijos; la carestía de empleos para jóvenes provoca que sus ingresos sean insuficientes, orillándolos a vivir con sus padres sin formar una familia y dependiendo económicamente de ellos. Otro factor es el rápido avance de la medicina y la tecnología, que han generado estrategias para prolongar la vida, ya sea mediante la ingesta de fármacos o bien mediante dispositivos biotecnológicos que retrasan los efectos del envejecimiento o la aparición de enfermedades.
Si a lo anterior se le suma la cultura del descarte que genera prejuicios en torno a los adultos mayores y basa sus criterios en la utilidad social y en la inmediatez, entonces el envejecimiento comporta serias reflexiones éticas. Mencionaré dos a continuación:
En primer lugar, está el hecho de intervenir y retrasar los procesos de envejecimiento que, si bien es cierto que no hay nada malo en querer mitigar los efectos de algunos padecimientos, también es cierto que es necesario asimilar que la vida humana es finita.
Una cosa es buscar una mejora y otra muy distinta, desear la inmortalidad. Conocer y aceptar la línea que divide un tratamiento médico de uno que busca la inmortalidad es algo que vale la pena tener presente.
En segundo lugar, privilegiar la utilidad social y laboral de las personas sólo en función de su edad puede llevar a actos discriminatorios.
Los adultos mayores no dejan de ser personas sólo por presentar problemas de diversa índole, por ello resulta menesteroso incorporarlos en actividades que aún les permitan insertarse en dinámicas familiares y sociales.
La OMS declaró la década 2020-2030 como la del “envejecimiento activo”, con el propósito de instar a gobiernos, empresas, universidades, sectores civiles y culturales a realizar acciones que mejoren la vida de los adultos mayores y sus familias y/o comunidades.
Estas acciones promotoras van desde el diseño y arquitectura urbanística, la planificación de programas sociales, la implementación de estrategias de cuidado y promoción de la salud como planes de activación física, alianzas para la distribución de alimentos sanos, la inserción en actividades sociales y culturales, apoyo para continuar planes de estudio, la instauración de programas de aprendizaje para adquirir conocimientos tecnológicos y digitales, etcétera.
De la mano de lo anterior, desplazar la cultura del descarte por la cultura del encuentro y la integración es fundamental. Generar conciencia sobre el valor de todas las personas independientemente de su edad es el mayor reto; nos toca cambiar la mirada hacia nuestros adultos mayores y valorarlos como las raíces de donde surge el árbol de nuestras vidas.
*Académica e investigadora de la Facultad de Bioética de la Universidad Anáhuac México
