Entre sueños y realidades

¿Quién nos salvará cuando se permite la impunidad?

Por Ana Saavedra Villanueva

¿Qué significa ser mujer en un país herido? Abrir los ojos en una mañana maravillosa cuando el sol se filtra por las cortinas. Asomarse a la ventana y sentir el fresco que inflama los pulmones, saberse viva. Y así, lista para conquistar sus sueños, despertar a una realidad inescapable. Porque, en estos días, todas las mexicanas nos miramos al espejo una última vez antes de salir. ¿Será “demasiado” lo que llevo puesto? ¿Debería cambiar algo? Aun a sabiendas de que la ropa no hace la diferencia a la hora de transitar sola en las calles de este amplio territorio.

Y así, de pronto, de forma casi imperceptible, comienzan nuestras renuncias. Desde las superfluas como el maquillaje llamativo y los zapatos que imposibilitan correr ante una emergencia, o el escote pronunciado, hasta las renuncias profundas, ésas que imposibilitan, cambian destinos y marcan familias. Al final, vivimos en miedo constante ante un peligro real, uno que saltó de las pantallas del cine más terrorífico, que se instaló en la prensa como moho que crece sin control, que va de boca en boca lacerando familias en círculos más, más y más cercanos.

Esos sueños de lucha, felicidad y superación chocan de frente con un país herido de norte a sur, de este a oeste; que sube montañas e inunda lagos. De nombres que se gritan en colectivo y se lloran en silencio. De padres que desgarran la piel del suelo tan sólo para evidenciar que la herida es más profunda, que está infectada y se extiende ya por todas las cordilleras. Que esa herida sangra por nombres silenciados, apesta a vidas arrancadas, enferma a corazones sanos. En México, la última estimación en el censo de población fue de más de 65 millones de mujeres en todo el país. De ellas, ¿cuántas viven hoy sin miedo? Nuestra realidad no permite ensoñaciones.

La oscuridad de la noche o la soledad a pleno día no perdona distracción alguna. Vivimos de pronto al acecho, donde valdría más guardar los sueños, protegerlos, esconderlos lejos de las miradas lascivas, de las malas intenciones, de la maldad que reina en los trayectos a la escuela, en los regresos a casa, en las salidas improvisadas a la tiendita a cinco minutos. Minutos que se convierten en horas, en días, en carpetas cerradas y padres insomnes.

¿Quién nos va a salvar cuando todo permite la impunidad? Qué doloroso es despertar en un país que ha dejado de arroparnos, en un entorno que es amenaza constante, donde el dolor ajeno es colectivo y la impotencia compartida. Despertar para enfrentarnos al hecho de que la pesadilla es real y nos sigue en la vigilia. Despertarnos para mirar en nuestros rostros el miedo, el coraje y darnos cuenta que sólo nosotros (as), con temor en la mirada, somos los únicos que podemos hacer algo.

Que el taxista voltee a ver a su pasajera y le diga a los ojos “mírame bien, yo me voy a encargar de que llegues bien a tu casa”, cuando la vecina vea a una joven caminando y se ofrezca a acompañarla. Cuando los amigos esperen a su amiga y no la abandonen hasta verla partir con bien.

Son cambios chiquitos, como regalar un poco de nuestro tiempo y acompañar. Ese tiempo hoy puede salvar vidas, ese acompañamiento que marcará destinos.

En nosotros, los indefensos, y nuestras pequeñas acciones estará la diferencia. Porque estamos solos.

 alaura2730@me.com

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