El último día
Empecé a vomitar sangre, eso no lo detuvo, volvió a ponerse encima de mí... yo ya no estaba ahí.
Por Marisol Escárcega
Para Jorge Luis, con todo mi amor.
Está amaneciendo. Por una rendija veo la luz del Sol, el cielo se ve despejado. Parece una mañana de ésas en las que me dan ganas de salir a correr o pasear con Tobby, mi perro, pero me duele cada centímetro de mi cuerpo. Mi espalda se siente húmeda e incómoda, ¿en dónde estoy acostada? Trato de incorporarme, entonces veo mi cuerpo desnudo. Tengo moretones por doquier, mordidas en las piernas, en los brazos, en mis pechos, ¿por qué?
Es viernes, salí más tarde de lo común del trabajo. Ya no alcancé el Metro, así que tomé un taxi por aplicación. Llegó rápido. Me ofreció agua, le dije que no. Venía escuchando Universal Estéreo y mientras recordaba que el miércoles era cumpleaños de mi mamá.
Seguimos así por unos 15 minutos. De la nada dio vuelta. Me dijo, “es que me marca que hay obras, por acá llegamos más rápido”. Me puse en alerta. Siguió en línea recta a un puente vehicular. Subió el volumen de la radio; supe que algo me iba a pasar.
Le empecé a gritar que me bajara, que se detuviera. Comencé a pegarle a los vidrios, fue inútil. Al bajar del puente le empecé a pegar al asiento del piloto, me agarró de la cabeza y me estrelló contra el respaldo.
Mi oído derecho zumbaba, de mi frente escurría algo caliente, era sangre. Me sentí mareada... No sé cuánto pasó, pero recuerdo que me quería sacar del auto. Abrí mis ojos y comencé a gritar, trató de taparme la boca, lo mordí. Me dio un puñetazo. En mi mente me repetía: “Pelea, pelea, no te des por vencida”.
A punta de jalones me sacó del carro. Era como un lote baldío, pero a lo lejos se veían luces. Grité. “Es inútil, aquí nadie te va ayudar”, me dijo.
Mientras me arrastraba, trataba de sostenerme de lo que fuera. Enterré mis uñas en la tierra, lo pateaba, pero él era más fuerte, apenas peso 50 kilos. “Deberías comer más”, me decía mi mamá, ¡cómo no le hice caso!
Se abalanzó sobre mí. Me arrancó la blusa como si fuera de papel y empezó a morder mi pecho. Yo trataba de gritar, pero él había puesto una de sus manos en mi boca. Le alcancé a dar una patada en la entrepierna, soltó un quejido y me lo quité de encima.
Corrí o eso traté. Me alcanzó, me dio una cachetada tan fuerte que me tiró un diente. Mi oído empezó a zumbar otra vez. Me tiró, esta vez no pude hacer mucho. Me quitó lo que me quedaba de ropa y entonces supe que si no me mataba ahí, de todas maneras ya estaría muerta.
Me quedé suspendida, como flotando mientras él hacía lo que planeó desde que me subí al auto. Quise defenderme, hacer otro intento, pero me golpeó más. Se levantó y me pateó en las costillas, en las piernas. Empecé a vomitar sangre, eso no lo detuvo, volvió a ponerse encima de mí... yo ya no estaba ahí.
Cuánto tiempo pasó. Sigo aquí en la tierra. Me he dado cuenta que esa rendija por donde veo los rayos del Sol es mi ojo izquierdo, apenas puedo abrirlo, mi ojo derecho está cerrado, es que me golpeó varias veces de ese lado. Me duele respirar, creo que tengo fracturadas varias costillas, ni siquiera puedo hablar, me duele la garganta... es verdad, cuando quitó su mano grité muy fuerte, me ahorcó y me desmayé.
Trato de buscar mi bolsa. No está. Tobby debe estar triste. ¿Alguien ya habrá notado que no llegué a casa? Me duele respirar.
Mi familia me empezó a buscarme desde el domingo que no fui a almorzar con mis papás. Mis amig@s y compañer@s del trabajo compartieron mi ficha de búsqueda. Oraron por mí.
Hoy es el cumpleaños de mi mamá. Hoy encontraron mi cuerpo, unos vagabundos dieron aviso a la policía. Cuando mi papá fue a reconocerme dijo atinadamente: “Ésa no es mi niña”. Tiene razón, ésa ya no era yo.
(Esta historia es ficticia, pero en alguna parte del mundo, es real).
#NiUnaMás
