El pedestal tangible
• Pensemos en el pedestal cuasi divino en el que las mujeres somos definidas como angelicales, lo que implica belleza etérea o bondad inagotable
Por Amanda Sánchez Alba
Siniestro delirio amar a una sombra.
Alejandra Pizarnik
Ser mujer en 2022 no es tarea fácil, comenzando por la necesidad de sobrevivir a las escalofriantes cifras de feminicidios, violencia y acoso en México. Seguida por el inalcanzable ideal que perseguimos día con día y que, además, se espera lograr lo más pronto posible.
Pensaríamos que, luego del acceso a la universidad, el derecho al voto, la posibilidad del divorcio y la integración al mundo laboral, las mujeres hemos conseguido la tan anhelada libertad.
Sin embargo, aún queda mucho por hacer en materia de equidad de género. No sólo porque aún hay mujeres sin acceso a la educación, sin libertad política, que viven en hogares violentos y, por supuesto, sin la independencia económica que Virginia Woolf propuso hace casi 100 años.
También por el inalcanzable pedestal en el que el imaginario cultural nos ha colocado. El deber ser que nos construye desde que nacemos y que consciente o inconscientemente perseguimos, ya sea en búsqueda de aceptación o huyendo del rechazo. Esta construcción social de lo que una niña, una joven y una mujer deben ser, o por lo menos se espera que sean, nos espera in- cluso antes de nacer. Pero, además, se trata de una idealización que polariza a las mujeres sexual y moralmente.
Pensemos en el pedestal cuasi divino en el que las mujeres somos definidas como angelicales, lo que implica belleza etérea, juventud eterna, bondad inagotable. O en los paradigmas opuestos de mujeres sexuales, siempre dispuestas a la aventura. El problema con estas idealizaciones es que los límites son intangibles, por lo que se puede pasar con facilidad de bondad inagotable a ingenuidad, o de ser una mujer sexual a una mujer libertina.
Estos pedestales no sólo son en cuanto a belleza y bondad, están también en el ámbito profesional, familiar y hasta educativo: cómo debe ser una madre, una profesora o una jefa.
Si una mujer no es conforme al imaginario, de inmediato es rechazada socialmente.
No es sencillo cuestionar estos pedestales intangibles, sobre todo porque en su mayoría están dados por hecho, existen desde antes que nosotros y, en general, son construcciones inconscientes. Sin embargo, es necesario cuestionarnos aquello que damos por hecho, ante cualquier juicio de valor.
Cuando colocamos en un pedestal a alguien, en este caso a las mujeres, queda fuera del mundo real. La idealización no sólo implica una imagen borrosa de cualquier sujeto, también implica despojarlo de su humanidad.
Un ideal, una mujer en un pedestal, además de perseguir aquello que se espera que sea, deja de ser lo que ya es: un ser humano con necesidades, enfermedades, dolores, inconformidades.
Los ideales son peligrosos porque detrás de la omnipotencia que suponen, aquel (mejor dicho, aquella) en el pedestal, deja de ser sujeto de derecho, de comprensión y de empatía.
Bajo el paradigma angelical no existe la vejez, la enfermedad, el enojo, la imperfección y, mucho menos, la necesidad.
Para cambiar la realidad social de las mujeres es necesario modificar nuestra forma de relacionarlos como sociedad y para ello debemos cuestionar ideales, no dar nada por hecho, bajarnos de todo tipo de pedestales, en palabras de Rosario Castellanos:
“Cuídate de los altares... no aspires a recompensas imaginarias porque son un frau- de, ni a recompensas reales porque son un sueño de opio”.
