Por Alicia Alarcón
“¿Qué es lo más probable que se convierta en leyenda?”, frase publicitaria que utilizó la escritora y periodista Lillian Hellman (The Little Foxes, Pentimento) para una marca de abrigos en 1940. Hoy, hace mucho sentido. Después de la Segunda Guerra Mundial, el comité anticomunista de Estados Unidos persiguió a Hellman, lo cual la llevó a renunciar a su trabajo como guionista en Hollywood. No sólo eso, su obra fue fuertemente criticada por la comunidad palestina e, irónicamente, también por la judía; incluso, la acusarpn de plagio. Así, su vida pública y trabajo terminaron como consecuencia de una cadena de publicaciones en su contra.
Ese mismo escrutinio público prosigue hoy, pero en esteroides. Mujeres como Monica Lewinsky o Pamela Anderson lo saben bien. La primera se describe a sí misma como la “paciente cero” de la difamación en internet. La segunda fue vendida por millones de dólares y revictimizada hoy en forma de una serie de comedia.
La leña verde de los titulares de antes y hoy son la sentencia a la silla eléctrica de la masa digital. De la opinión del “especialista” que se amplifica a miles de voces anónimas en las social media. Somos tan redituables para las plataformas digitales que es imposible dejar de ser parte de un jurado colectivo, mientras suena su caja registradora.
Pensábamos que lo habíamos logrado gracias al #MeToo. Las mujeres creímos que podíamos hablar sin miedo y denunciar abiertamente y sin juicios. Los hombres también entendieron que podían hablar de la violencia siendo víctimas. Pocos casos tuvieron que retractarse. La premisa del “te creo” era el inicio de la sanación y justicia colectivas.
Pero entonces llega Depp vs. Heard. Un juicio de demanda civil, el cual, sin tener una causa criminal, se trató como tal. El asunto fue inteligentemente expuesto en un artículo de opinión sólo como violencia de lado de uno de los involucrados. Pero la resolución de la corte no tiene que ver en realidad con quién ganó. Son dos personas famosas y tóxicas, una con más poder que la otra y más carismática, pero igual de violentos. Es el cómo termina una mujer violenta como víctima, mientras su esposo violento es visto como héroe.
Suena incongruente, no lo es. Porque una premisa es verdad y la otra no, según el pensamiento lineal del fandom. El personaje más famoso de Depp era un pirata borracho, irresponsable, temerario y, para la audiencia, adorable y redimido. La difamación a la difamación evita la persecución de la verdad, que no debería ser apalancada por la estrellitis. La estrategia fue que supiéramos de Heard cometiendo errores, pero no de Depp aceptando “sí le pegué, pero estaba borracho”.
No es una columna en defensa de Amber Heard. Es de cómo los juicios se litigan y ganan en la arena pública. Cómo la sentencia es diferencial. “Hubo malicia por parte de Heard, el artículo fue diseñado para perjudicar a su exesposo” versus “los abogados de Depp –nótese la desviación– cometieron difamación en contra de Heard”. Salió sin castigo y como leyenda viviente maltratada.
¿Hubiera tenido la misma repercusión sin televisarse? ¿Hubiera perdido Depp si sus abogados no guiaban a la audiencia entre el actor-leyenda y sus personajes? ¿Hubiera ganado sin una campaña mediática? Nunca sabremos si vimos a Depp o a Heard como realmente son. El dinero da el poder de mostrarse a conveniencia y que las audiencias lo repliquen.
Casi 50 años después, Hellman fue reivindicada por las comunidades literaria y cinematográfica. El gobierno de EU le pidió oficialmente perdón. Pero de quienes la señalaron en los medios no quedó nadie vivo para, por lo menos, ofrecerle una disculpa.
Twitter: @AliciaAlarcon
